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viernes, 20 de enero de 2017

Voz viva en la literatura

Una tarde lluviosa, trabajando en la librería El Parnaso de Coyoacán, casi sin clientes, me aburrí de escuchar el mismo disco una y otra vez, y es que las opciones siempre eran las mismas: algo de Putumayo, o alguna sombría grabación independiente.

Y es que el surtido de discos de la librería era malo y limitado, además no podíamos abrirlos indiscriminadamente, según la idea del dueño era poner algo que pudiera interesar a los clientes, así que en esa tarde quieta, de llovizna ligera, y siendo yo jefe de piso, decidí abrir un disco nuevo.

Escogí uno que ya conocía y había comprado hace un par de años. El disco seleccionado era un volumen de la colección Voz Viva de América Latina de la UNAM, la cual edita discos de obra seleccionada de grandes escritores, leídos por ellos mismos. Un compañero de piso me preguntó qué era lo que había puesto, le enseñé la tapa del disco, y haciendo una mueca de desdén, dijo que él prefería leer el texto, que lo suyo no eran los audio libros.

En ese momento me acordé de Enrique Rocha y unos comerciales, quizá por ahí de principios de los noventa, en los que promocionaba la Biblia completa, leída por él, en prácticos audio libros en CD. Recordé la avalancha de audio libros que se puso de moda en aquella década, impulsados por el nuevo formato salieron bastantes, por fortuna, no prosperan hoy más que como una curiosidad, diluidos en formatos como los podcast, dónde se suele colar la lectura de algún cuento corto, o acaso, en las lecturas por entregas en populares programas de radio.





Descubrí la colección Voz Viva de América Latina en la casa de un amigo, allá en Tacubaya, y el primer volumen que vi fue el bellísimo acetato de Jorge Luis Borges, yo debía tener por aquel entonces unos quince años, y quedé mesmerizado por la voz, por la lenta, reptante, voz de Borges, por la inmaculada pronunciación de otras lenguas, por la sapiencia, la erudición, la arrogancia y al mismo tiempo la resignación ante un destino. De ese disco no tengo más que una copia en cassette, a la que hace algunos años, por el cariño que le tenía, le diseñé una portada a mano.





Tenía diecisiete años cuando entré a trabajar por primera vez, a una empresa, al restaurante Toks, donde fui 'cacharrero', llamado así porque básicamente era el encargado de lavar todos los cacharros, todas las ollas grandes. Fue un trabajo horrible, el más horrible que he tenido, por todo, por los compañeros de trabajo, porque estar dentro de una cocina apesta, porque terminé con las manos cortadas, llenas de heridas y quemadas por la sosa caustica que se usa para lavar. Sólo duré una semana, pero me pagaron la quincena completa, ochocientos pesos, Con ese dinero fui a la librería Gandhi, en M. A. Quevedo, cuando todavía no se mudaba de acera (donde ahora sólo venden saldos), ahí despilfarré mi dinero en libros, y compré el primer volumen que tengo de Voz Viva, el disco de Julio Cortázar.

Quién haya oído alguna vez su voz, leyendo su propia obra, jamás vuelve a leer del mismo modo sus libros. Al escucharlo, se revela el tempo que lleva su prosa, ese swing al que tanto se refería en sus escritos teóricos. Su voz es grave y tiene una extraña mezcla, está entre el inconfundible tono argentino, y el gargarismo francés. El fragmento más conocido, y socorrido por los enamorados, es el capítulo 7 de Rayuela, pero yo prefiero, siempre, Conducta en los Velorios, o Casa Tomada. Después de escuchar el Voz Viva de Cortázar, cada que leo El Perseguidor, al llegar al fragmento leído, es como si lo escuchará en mi mente.





Conseguí el volumen de Voz Viva de Rulfo de manera mal habida... andaba caminando con mi novia de entonces en Ciudad Universitaria, totalmente quebrados, sin dinero siquiera para un café. Fuimos a la Dirección General de Orientación Vocacional a preguntar por el precio de una guía de estudios, al salir, topamos con otra pareja que andaba buscando lo mismo. Nos sentamos afuera del lugar y platicamos un rato, luego de un tiempo, nos levantamos, y a la vera del camino encontramos unos billetes doblados, los levantamos y felices, decidimos ir por un café y pasar a la Rectoría a comprar los discos de Voz Viva que ya sabíamos que vendían ahí. Yo compré el de Rulfo, y creo que ella el de Cortázar. De regreso, ya con nuestros cafés y discos en mano, vimos, de lejos, a la pareja con que nos habíamos cruzado... andaban buscando el dinero que habían tirado. No dijimos nada.

Quién haya leído los cuentos de Juan Rulfo sabrá que a veces los personajes usan lenguaje de pueblo, fácil es la tentación de leerlos mentalmente con una entonación similar a la que tienen los personajes de igual filiación en las películas de la llamada época de oro del cine nacional, como rancheros bragados, como tímidos indios, como altaneros hacendados.

Quién haya oído a Juan Rulfo leer sus propios cuentos, jamás vuelve a leer del mismo modo su obra. Hay una manera muy fácil de describirlo: es como si un hombre borracho estuviera leyendo. Es fácil, pero tampoco es una forma justa de decirlo. Por supuesto no hay devaneos o seseos, es simplemente esa voz gruesa, cavernosa, como venida desde lejos, desde muy hondo, justo como si el mismo Juan Preciado nos estuviera contado todo.





No estoy seguro del momento en que compré el volumen de Voz Viva de Carlos Pellicer, sólo sé que fue un poco antes de la huelga del CGH de la UNAM, en 1999. Tampoco sé cómo es que me acerqué a Pellicer, como es que me enamoré de su obra, de su poesía sencilla, de sus versos casi inocentes, pero musicales. A lo mejor la memoria me engaña, pero quizá compré el disco en una de las pequeñas ferias de libro que se montaban en la explanada del CCH Sur. Nada grande, acaso un par de mesas con un poco de material, mi memoria casi me trae la imagen del disco sobre una mesa y una mañana luminosa.

Escuché el disco y encontré lo que imaginaba: una voz prístina, varonil pero melodiosa; uno casi puede imaginar un hombre pulcro, una especie de bardo modernista. Cuando habla de la selva, su voz se torna verde, cuando habla del mar, lo embriaga la emoción y brota por todos lados el sol y la arena. El amor calla, desea, oculta, todavía más, sus secretos, en cada entonación...





Los últimos discos que llegaron a la colección son los de Juan Jose Arreola y Alejo Carpentier. Los compré en una feria de libros que se pone junto a Las Islas, en Ciudad Universitaria, donde suelen rematar el material rezagado de la UNAM a fabulosos precios. Ahí se encuentra excelentes librosa fabulosos precios; cada disco me costó apenas cincuenta pesos, y hay de bastantes más autores.

Una mañana de diciembre del año pasado, recogiendo la casa después de un desayuno ligero, recordé que no había escuchado aún ese par de discos que compré. Fui al mueble donde guardamos los discos, cassettes y películas (en la familia somos fervientes creyentes del respaldo en físico) y reproduje uno de ellos. Escogí el de Arreola y degusté su voz, casi siempre en un todo grave, y que sólo en Una Mujer Amaestrada parece liberar al saltimbanqui, al director de pista de circo,





No creo que estos discos califiquen como audio libros, tampoco creo que puedan sustituir la lectura del autor. Me parece, que en cambio, complementan el conocimiento que se puede tener sobre la literatura de alguno de los autores consignados, no al grado que arrojar luces completamente diferentes sobre su obra, ni que sea decisivo para disfrutarlo, o entenderlo (no hay registro de la voz de autores clásicos, y no por ello son menos estudiados o admirados), pero creo que es lo suficiente interesante como para apreciar mejor su trabajo.

Me gustaría agregar una cosa más sobre la relación entre el audio y la obra impresa. Si bien es cierto que la mayoría de las veces la literatura es un acto silente, un acto interior, y que la lectura en voz alta está reservada a algunos eventos especiales, y casi siempre circunscrita a pequeñas obras, es importante que el texto sea lo suficiente fluido como para no entorpecer esa lectura interna (a menos que ese sea el efecto buscado, claro está).

A veces la lectura en voz alta puede revelar un aliteración que en su forma impresa no fue evidente, por esta razón, hace años, cuando quise formarme como escritor, me recomendaron grabar mis textos, no sólo para evitar cacofonías, sino también para advertir los párrafos excesivamente largos, para notar cuando una coma estaba de más, sobre todo en las partes críticas de un texto.

Recuerdo que le pedí a mi padre un micrófono, ya que el que tenían integradas las radiograbadoras de aquel entonces apenas podían filtrar el ruido ambiental. Me llevó al Centró Histórico de la capital, ahí, en la calle de República del Salvador, caminamos un poco hasta que encontramos un micrófono a buen precio. Para el que no lo sepa, en cuestión de equipos de audio, existe una amplía gama, con características especificas, un buen micrófono, para profesionales, fácilmente puede alcanzar miles de pesos.

El mío era un cosa muy sencilla, de mango azul, pero lo suficientemente útil para poder grabar mis primeros cuentos. Me grabé infinidad de veces, me escuché otras tantas. Es vanidad, pero también es cierto, que leo bastante bien, sin falsas entonaciones y si excesivos hincapies, Algún día rescataré esos audios que tengo perdidos en los muchos cassettes que guardo todavía.





Pensando en esos discos de remate, los dos últimos que compré de la colección Voz Viva, recordé un episodio de hace muchos años, quizás de hace veinte años. Casi no me gusta visitar las librerías porque sufro mucho de sólo ver los volúmenes sin poder llevarlos, pero una tarde de 1996 o 1997 pasé frente a Gandhi, y decidí entrar. En aquellos años estaba era ferviente lector de la obra de Juan Ramón Jiménez (autor del popular Platero y yo) y me dirigí directamente a la sección de poesía a buscar algo de él, ahí encontré un delgado tomo, un poemario, acompañado de un Disco Compacto, con fragmentos de su obra, leídos por él mismo.

No recuerdo el precio exacto, pero rondaba los trescientos pesos, una cantidad bastante mayor para un pobre muchacho sin trabajo de, acaso, diecisiete años. Recuerdo que inmediatamente me salí de la librería, herido por la imposibilidad de conocer la voz de mi poeta favorito (todavía no existía YouTube, ni el Internet era popular). Llegué a casa, y platiqué con mi madre. A mi me daban de gasto semanal unos veinte pesos, lo justo para tomar el Ruta 100 y el microbús al CCH Sur de ida y vuelta, pero ocasionalmente podía pedirles un libro que no fuera muy caro, le expliqué a mi madre la importancia de ese disco y prometió consultarlo con mi padre.

El siguiente fin de semana, cuando mi mamá llegó del mercado donde teníamos un puesto de herramientas, me avisó que la compra había sido aprobada, apenas terminando de comer, saldríamos por el libro. En aquel entonces, ir desde del Metro Constitución hasta el Metro M. A. Quevedo me parecía un viaje tremendamente largo. Recuerdo que llegamos al atardecer, con la noche cayendo. Recuerdo el viaje en metro con mi madre, recuerdo que me sentía como niño, recuerdo la sonrisa de ella, alegre de poder darme algo que yo realmente quería tener.

Ya no estaba el libro con CD de Juan Ramón Jiménez... vi una leve nube de decepción en la cara de mi madre (conozco bien ese ligero rictus que se dibuja en la comisura de sus labios), seguramente para era fue una pequeña derrota, Pero me ofreció comprarme cualquier otro libro, del mismo precio, y aunque busqué con suma atención, nada me llamó lo suficiente, yo también estaba decepcionado, y sabía lo que implicada un gasto de esa cantidad para la economía de la familia en aquel entoces, así que desistí, no sin antes agradecerle dulcemente a mi madre. Regresamos, ya sin la esperanza del viaj de ida, pero con una alegría distinta.






Esa mañana de diciembre que tomé el disco de Arreola, tomé las pocas fotos que acompañan estas letras, porque pensé que podría hacer un breve post con ello. Pero al empezar a escribir, una cantidad de recuerdos empezaron a llegar. Detengo estas palabras, pero todavía hay un montón de cosas que veo y me llaman...

martes, 18 de octubre de 2016

Los tres libros que marcaron mi vida

En el 2011, cuando Peña Nieto todavía ni siquiera era el candidato oficial, fue a la feria del libro en Guadalajara, a presentar uno de esos libros que les escriben para presentar su visión. El caso es que en rueda de prensa, le preguntaron cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Todos sabemos qué pasó.

Respondió una serie de absurdos... y las redes sociales explotaron para hacer escarnio, pero más adelante el asunto evolucionó en otras formas, las más significativas consistieron en señalar que en México el promedio de lectura era muy bajo, que no se necesita ser intelectual para manejar un país, que los que sólo leían best sellers no tenían la calidad moral para criticar, y por último, la gente elaboró sus propias listas de tres libros.


Entonces, muchos hicieron sendas listas, que Svetlana Aleksiévich, que yo Erich Auerbach, que François-René de Chateaubriand fue fundamental en su infancia... también estuvieron los que juraron que Octavio Paz le había salvado la vida, que Benedetti les había curado el  corazón, que Sor Juana los había conmocionado a tal punto que se habían querido enclaustrar...

Pero lo que en realidad estaban haciendo era un catálogo de afinidades estéticas al momento, un auto de fe de buen gusto, y no una verdadera confesión sobre los libros que los había prefigurado, que los había cambiado, aún cuando el libro fuera algo vergonzoso. Yo por eso me reservé la diatriba, y de hecho, durante muchos años no me decidía por hacer la lista, hasta este año, una amiga lo comentó en algún lado y empecé otra vez a pensar en eso.

Desde el principio tuve muy claro uno de los libros, los otros dos tuve que pensarlos muy bien, porque, como ya dije, era muy fácil caer en los esteticismo, por ejemplo, pensé en un librito de Haiku, muy sencillo, editado por Plaza y Janes, que me regaló una novia, y aunque la poesía y literatura japonesas me gustan mucho, y hasta me animaron a estudiar japonés un tiempo, mi amor a Nippon existe desde mi más tierna infancia, cuando jugaba con mi hermana a la ceremonia del té, así que ese libro quedó fuera.

O por ejemplo, los libros de cuentos de terror. Creo que tengo una colección respetable, me gustan mucho y durante un buen tiempo me dediqué a su estudio, pero no por ello me visto de vampiro o hago jaculatorias a Cthulhu en Twitter. También pensé que podría poner el primer libro que leí, -La Isla Misteriosa de Julios Verne- aduciendo que gracias a él me atrapó la lectura, pero estaría mintiendo, la lectura me atrapó con los cómics de la Pantera Rosa.

Otro elemento a considerar es la limitante de la cantidad, es decir, la vida de un hombre no se puede reducir a sólo tres libros (bueno, en el caso de Peña Nieto, no llega ni a un libro), por supuesto que habrá muchos, muchos más que nos hayan influenciado durante nuestra vida. Eso sin entrar en las vicisitudes de considerar qué es 'influencia'. Por eso las consideraciones que tomé fueron: no incurrir en el error de poner mis libros favoritos y elegir libros cuya influencia, de algún modo, aún sea vigente.




Catálogo de la exposición México, esplendores de treinta siglos.


En 1992 se presentó la exposición México. Esplendores de Treinta Siglos en una o dos ciudades de USA, después vino a México pero incompleta (por motivos legales de posesión de las piezas). Pero afortunadamente contó con un catálogo con todas las piezas expuestas originalmente. Mis padres lo compraron vía telemercadeo, llegó protegido por plástico burbuja dentro de una caja de cartón; fue toda una ceremonia abrirlo, mi madre, mi hermana y yo lo hojeamos con detenimiento; ahí, en ese momento surgió mi pasión por las ediciones cuidadas y las fotografías soberbias de Michael Zabé, nacería también el implacable gusto por la escultura prehispánica, por el barro moldeado, pero sobre todo, por la policromía teotihuacana.

Durante mucho el tiempo el libro estaría bien cuidado, hasta que empecé a consultarlo y leerlo, un poco a escondidas, y así es como realmente aprendí historia, así es como conocí los movimientos culturales y políticos de México, entendí y ordené las culturas prehispánicas, los tiempos de la colonia, los procesos de las guerras en México, y la construcción de la identidad de México. Gracias a este libro, cuando visité otros museos, como el de San Ildefonso, el Nacional de Arte, el de Bellas Artes o el Nacional del Virreinato sabía lo que estaba mirando sin necesidad de leer las fichas.




El arte de ensoñar de Carlos Castaneda


Castaneda fue uno de esos escritores que empezaron todo el relajo del new age, aunque el primer libro se dice fruto de una investigación antropológica no es una investigación seria, y aunque hable de un linaje tolteca nada tiene que ver con la toltecayotl estudiada por la antropología y arqueología mexicana. Los libros de Carlos Castaneda son un tutti frutti de filosofías orientales, caballería medieval y chamanismo occidental de la parte norte del continente americano.

Mi gran amigo del CCH me dio a leer, en 1996, El Arte de Ensoñar, y a partir de ahí, tomé una senda que no tendría vuelta nunca. Inicié el ensueño por cuenta propia y con mucha disciplina, según las indicaciones del libro. El resultado fue desastroso... no sólo logré experimentar muchas cosas, sino que empecé a ponerme paranoico.


En aquellos años leí toda la obra de Castaneda, acuciado por una la gran duda: ¿es esto real? Por supuesto en aquellos años todavía tenía mucha inclinación a creer que esto era posible, pero todo perdía credibilidad al pensar que una gran verdad no podía estar tan expuesta. Hasta que un día, gracias al mismo amigo que me dio a leer estos libros, terminé por aceptar que todo era pura estafa, y así entré, de golpe, a un sano escepticismo.

Sin embargo quedan muchas cosas de esta literatura en mí, de hecho, buena parte de mi motor moral se debe al camino del guerrero, a la idea de ser impecable antes todo, de sólo recorrer un camino que tiene corazón. Muchas de estas ideas tienen su origen en el budismo, por eso, cuando tomé ese camino, encontré fácil resonancia con mi forma de pensar. Por último, debo reconocer otra enseñanza: que existe una realidad aparte, porque, ¿qué sentido tendría vivir esta vida sin misterios?




Rayuela de Julio Cortázar.


Hace 18 años, cuando fui a un evento de jóvenes escritores en Mazatlán, Sinaloa, un chico mayor que yo, me preguntó que autor era mi favorito, contesté que era Cortázar, y él, como mirando al horizonte, respondió -sí, estás en la edad. Por supuesto que su comentario me molestó, principalmente por la petulancia y aire de superioridad con la que habló, pero también temí que un día Cortázar dejara de decirme algo, dejara de parecerme cautivante.

Este fue el regalo del cumpleaños diecisiete de mis padres y es, quizás, uno de los libros que más he releído en mi vida. Julio Cortázar lamentablemente fue reducido, gracias a Facebook, a un escritor de frases románticas, tan trágicas que parecen de amor adolescente, borrando de golpe toda su angustia existencial, su compromiso con América Latina y la mística del realismo mágico.

Rayuela para mí fue un libro de cabecera, una especie de horitas (libro de horas); hallaba en su lectura toda clase de pasajes, de posibilidades, de propuestas... un día empecé a pintar el libro, a escribir algún haiku al borde de las hojas, empecé a crear mi propio laberinto... Hasta que, después de la fiesta de mi cumpleaños 30, olvidé el libro en un camión (aunque iba sentado sobre él -justo como Johnny Carter perdió su sax, en El Perseguidor, del mismo autor), y aunque pude regresar por él, lo dejé ir.

Todavía conservo un par de cosas de Rayuela, como el capitulo 68, que habla del cerebro y su química, ¿quién soy yo?, ¿yo o la química en mi cerebro?; también la determinación de la no acción; Talita y Traveler como arquetipo de la pareja; así como el concepto de Wong sobre la destrucción de la inteligencia y el Zen, de hecho, por esto último, es que decidí no convertirme en un intelectual, olvidar todo y mirar con ojos de ciego.




¿Y ustedes?, ya, sin poses, ni presumir, ¿cuáles fueron los libros que marcaron su vida?



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jueves, 14 de julio de 2016

Yo leo

Este año quise hacer otra cosa con mis lecturas. Nunca he llevado la cuenta de qué o cuánto leo, pero este año quise registrarlo, vía Instagram, las fotos que acompañan el texto atestiguan el experimento. Pero a mitad de año, le he dado un giro, ahora tengo algo que nunca había hecho: una lista de pendientes. Honestamente no creo leer ni la mitad de lo que me propuse, porque, como siempre me ha pasado, a veces un libro llega, sin más, y se queda conmigo más tiempo del esperado; o regresa un viejo amigo, y caigo en la relectura. Quise escribir una nota simple para mi blog, y terminé escribiendo una biografía de mi gusto por la lectura.


Empecé a leer a los cuatro años, gracias a que mis padres me enseñaron con el método de Glenn Doman, se trata de un método silábico, para que posteriormente la articulación de palabras completas se de naturalmente. Aunque algún trabajador social advirtió a mis padres que era probable que resultara un niño interesado por el saber, pero deficiente en su rendimiento académico, se animaron a enseñarme. Lo malo es que el pronóstico resultó muy cierto.

Leí mi primer libro a los cinco años, fue La isla misteriosa, de Julio Verne. Desde entonces la lectura formó parte de mi vida, prácticamente siempre he tenido un libro a mi lado, sobre todo cuando viajo, el transporte público, el metro, el camión, es mi sala de lectura favorita.


Mis primeros años de lector los consagré a la literatura, mucho Julio Verne, luego algo de latinoamericanos, los consabidos García Márquez y Benedetti. En la secundaria me aburrió muchísimo Carlos Fuentes y empecé a leer viejos tratados de biología.

Por esos mismos años mi amor por la lectura se convirtió en curiosidad por la escritura, todavía recuerdo un poemita sobre las mujeres y sus dotes de brujería. En el bachillerato me consagré todavía más a la lectura, dos o tres libros al mismo tiempo, mucha teoría literaria, mucho Cortázar y Joyce. Ir a las librerías era un tormento, sólo podía relamerme deseando los bellos tomos nuevos, tantas promesas, tantos autores y recomendaciones. Me creí escritor.




Hice todo el trámite: taller de creación literaria, un amor pasional y auto destructivo, camisa negra, pláticas bohemias, café, presentaciones de libros, conferencias, cajetilla de faritos, caminatas nocturnas, libros, libros, muchos libros.

En esos años me volqué completamente a la literatura y su teoría, casi nada de otros temas, acaso recuerdo un tomo de antropometría y las bellas y prometedoras ediciones de arquitectura de la editorial GG. La biblioteca del CCH Sur me brindó todo ese excelente material.

Debo confesar que hurté de esa biblioteca un tomo de Retórica del Grupo μ, que pagué con el Diccionario de retórica de Helena Beristaín. Tendría que manifestar algún arrepentimiento, pero sería falso, tenían muchos ejemplares del libro que declaré perdido, en cambio, no tenían aún el diccionario que yo entregué; para que lo aceptaran argumenté que era imposible conseguir el libro del Grupo  μ, y no mentía, en aquellos años la editorial Paidós no era tan popular como ahora. Años después, cuando trabajé en la librería El Parnaso de Coyoacán finalmente encontré un ejemplar, no pude evitar acariciarlo con algo de ternura.




Pertenecí a un grupo de jóvenes escritores en el CCH, me seleccionaron para participar en el XVIII Encuentro de Jóvenes Escritores en la ciudad de Mazatlán, Sinaloa, en la cual tuve mi segunda borrachera, misma que duró una semana entera.

Pasada la huelga de la UNAM de 1999 ingresé a la Facultad de Letras Hispánicas, apenas resistí un año. No pude con la fingida oligofrenia de varios de sus alumnos; el rito de la intelectualidad me superó y desistí. Sin embargo pensé que eso no afectaría mi carrera de escritor, me dije que no todos los escritores habían estudiado letras, algunos fueron abogados o médicos.

Yo soy el morenazo de la derecha


Ingresé a la Facultad de Economía, pero tuve que abandonarla sin haber cumplido siquiera el primer semestre, pasado otro año, la retomé, y con ella vinieron grandes y complejas lecturas, sobre todo la Crítica a la Economía Política, o como se le conoce, El Capital, de Karl Marx.

Entré a trabajar a la librería El Parnaso de Coyoacán, y ahí encontré el segundo grupo al que pertenecí, los autonombrados Reposicionistas, un grupo que quiso ser, pero quedó en el olvido sin haber hecho nada, ni siquiera una mención en algún pasquín literario.

Yo soy el de la lengua curiosa

En ese tiempo me hice de muchos y buenos libros, y es que, como dice Augusto Monterroso en Cómo me deshice de quinientos libros: "mi afición por la lectura se vino contaminando con el hábito de comprar libros, hábito que en muchos casos terminaba por confundirse tristemente con la primera".

Los años parnasianos significaron para mi la entrada al mundo beatnik de la literatura, mucho desmadre, mucho alcohol, quincenas paupérrimas por haber pagado los libros que compraba cada quincena. En esos años mis grandes festines de quincena eran comer un kilo entero de arroz frito chino y adquirir una bella edición de Valdemar.


Una foto publicada por Sr. Suta (@sutasukurimu) el


Los últimos diez años diversifiqué mis lecturas, pero empecé a tener períodos, por ejemplo, durante un largo tiempo me dediqué a estudiar literatura clásica de terror, tengo, como un orgullo propio, haber leído Drácula, en edición anotada de la editorial Valdemar, y descubrir que ya conocía todas las referencias que señalaba el estudio.

También tuve largos períodos de relecturas, tomé varios libros muchas veces, quizá entre los más recurrentes están Confieso que he vivido de Neruda y Los Premios de Cortázar.

A veces llegaba a un tema, o a un autor, y agotaba todo lo que podía encontrar sobre él; así releí todo Castaneda, y agoté toda su repetitiva bibliografía, más algunas biografías que daban luz sobre el curioso personaje. También tuve mis etapas exhaustivas con Rulfo, Borges y la poesía japonesa.

Consagré algunos años a la lectura y estudio de la poesía japonesa, al tiempo que estudiaba las nociones básicas del idioma, ahí tengo el orgullo personal de haber leído y sentido un par de haiku sin necesidad de traducción.




También pasé algunos meses alejado de la lectura, quizá un año, luego lo retomé con un libro que se me enfrentó y me costó mucho trabajo terminar: Yo, el gato, de Sôseki Natsume. Creo que en ese momento empecé a darme cuenta que no era, ni sería un escritor.

Una día decidí, como lo había hecho Wong, personaje de Cortázar en Rayuela, abandonar la inteligencia, dejarme caer en un profundo agujero zen. Dejé toda intelectualización, miré la literatura con ojos nulos de ciervo.

Sin embargo, no me gustan las fantasías masturbatorias de los Best Sellers, paso sin ver. En la oficina, hay una especie de club de lectura, comparten tremendos mamotretos, películas de acción y lujuria vaciadas en mil setecientas páginas.

Para mí, la lectura siempre ha significado un enfrentamiento, un asomo a lo otro, a lo que yo no tengo, es como si buscara la confirmación de que existe una realidad más allá de mí; la otredad, que le dicen.

Escribo esto para mí, para reivindicarme, también ante ustedes, ante el otro; para declarar que mi placer por la lectura es totalmente personal (aunque eso sea tautológico). Escribo esto para decirme "sigue, ya casi, te estás construyendo".


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