domingo, 2 de septiembre de 2007

Optimus Prime vs. Gruñonosito




A Zoe, nomás por los diez años de conocerla.


El kinder al que asistí tenía por costumbre que el seis de enero los niños podían ir con sus juguetes nuevos para mostrarlos, compartir y jugar con los compañeros. A mi no me gustaba ese día.

Mi hermana y yo únicamente recibíamos juguetes el seis de enero, y como dicta la costumbre uno tenía que enunciar sus deseos mediante una carta, fiel a ésta tradición yo redactaba mi carta, pero era por mero requisito, todo era un simple trámite, pues ese día sólo  tenía una certeza:  encontrar al pie del árbol un ingenioso sustituto de mis deseos. Si pedía un vehículo de determinada marca recibía un flamante Ruta Cien botleg, o si mi hermana pedía una casita de muñecas recibía una casa de madera hágalo usted mismo.

Corría la década de los años ochenta, surgía la marca Sonrics y el canal cinco transmitían la serie Transformers, yo con escasos siete años quedé fascinado, quedé ligado a Optimus Prime, líder absoluto de los Autobots (los chicos buenos). Yo siempre quise un juguete de Optimus Prime, solo unos años después, cuando tenía poco más de diez años recibí en un cumpleaños a Starscream, segundo al mando de los Decepticons (los chicos malos), pero no era tan imponente como Optimus.

El asunto es que en mi infancia tuve que enfrentarme a los niños con sus juguetes varoniles, testosteroniles, con mis juguetes ñoños y asépticos, léase didácticos. De tal suerte que en un ocasión en el kinder no quise quedarme a jugar, ya que la mayoría de mis compañeritos tenían personajes de Star Wars, yo llevaba en el bolso un Osito Cariñosito.

Alguna vez que conté esta anécdota me preguntaron si mis padres habían sido comunistas o algo así, pero no, no eran comunistas, solo hacían un ejercicio económico que tuvo como consecuencia una introspección en mi ser, lo cual degeneró en un gusto por la lectura y esas cosas.

Hoy, acercándome a los treinta, he podido comprar mi Optimus Prime, llegó a buen momento. Me he ahorrado unas cuantas terapias.

domingo, 12 de agosto de 2007

Levantamiento público

Aún cuando algunos revolucionarios de bolsillo puedan otorgarle aciertos, la piratería es mala por muchas razones, sobre todo la piratería que se vende en el metro. Yo que soy un economista y ocupo mi tiempo de traslado para entregarme a mi vicio absoluto, me encuentro con la dificultad de concentrarme en la lectura mientras un monigote promociona destempladamente el último .mp3 con los éxitos del momento, en los cuales pueden convivir desde rock pop hasta regetón.


Pero ese tampoco es el problema principal, aunque mi deliciosa lectura de Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki (que se pronuncia algo así como Potoski) sea muy interesante, se pierde la atmósfera de la España pre-romántica, y los antiguos y oscuros musulmanes terminan hablando acompañados por una de esas tonadas que, según sé, les llaman pasito duranguense.

Pero eso tampoco es el problema, el verdadero problema es que los desdichados vendedores no tienen la mas mínima idea de lo que significa ecualizar un aparato de sonido, una labor que no resulta realmente complicada. ¿Qué problema existe en darse cuenta que tanto lo absolutamente grave, como lo totalmente agudo, molesta y lastima al escuchar?, ¿Qué problema existe en darse cuenta que la canción se deforma terriblemente? De por sí la mayoría de las veces promocionan música mediocre, además la vuelven físicamente ofensiva.


Por supuesto las autoridades nada pueden resolver, queda, como siempre, en nuestras manos. Propongo que portar una tijeras, sin punta pero con buen filo; los adherentes a esta campaña deberán cortar, furtivamente, los cables de las bocinas, de tal manera que obstruyamos su labor; revelando de esta forma el profundo malestar social.

Yo lo intenté, pero me falló el tino y terminé cortando media manga de la camisa de un señor muy serio, por suerte el metro iba demasiado lleno y nadie percato mi acción.

En fin señoras y señores, invoco a su prudencia para que se unan a este movimiento.


miércoles, 11 de julio de 2007

Ni muerto, ni en parranda

Cualquiera que lee este blog podría pensar que ando de cantina en cantina curando mis penas de amor, dado el último post escrito; nada más lejos de la realidad.
Simplemente tengo demasiado trabajo, si paradójicamente en mis vacaciones es así.
Como son las dos de la madrugada y mañana temprano tengo que ir a entrenar al Dôjo pues no me quedaré para desarrollar nada, sólo diré que estoy en desacuerdo con ese reality show de las siete nuevas maravillas del mundo en relación a Chichén Itza, ¿sabían que casi todos las señalizaciones están escritas en inglés?, ¿o qué un corporativo manejas los sitios turísticos de Yucatán?, ¿o que no hay entrada libre para estudiantes en Chichén?
En fin, luego les cuento...

sábado, 9 de junio de 2007

Para que me compares, hoy como siempre

A la hora de las indefiniciones no queda otra cosa que esperar, ¿por que siento esto? Sucede que tuve una de esas peleas en las que uno se va mascullando por lo bajo: "yo se bien que estoy afuera, pero el día que yo me muera se que tendrás que llorar y llorar".
Antes de que esto suceda uno se olvida de aquellos sentimientos raros proclives a la tristeza; luego llega Némesis (léase a la esponjita para esto) y la sartén se voltea por el mango.
Total que mientras escucho a José Alfredo Jiménez ya no escribí lo que quería.
Deseaba decir algo de los diferentes aires que se da la gente en CU, por ejemplo los de filos tienen aire de entendidos, los de derecho tiene aire de prepotencia, ¿pero los economistas de que tenemos aire? No quiero arremeter contra nadie, solo diré que prácticamente he sido alumno de esas tres facultades.
O también tenía pensado escribir de lo mal y bien que me sentía por haberle roto la boca a un niño de doce años en una ceremonia de Karate (soy cinta verde).
O pensaba escribir un post reclamándole a Livi que me aconsejó abrir este blog sin pensar que poco a poco me iría metiendo en este mundo y ya hasta abrí otro dónde departiré sobre el tema de la muerte y de mi Festival de Día de Muertos.
O podría haber explicado el chiste del economista (la mano invisible es un concepto de Adam Smith que habla de una “mano invisible” que permite alcanzar el mejor objetivo posible, así cualquier interferencia por parte del gobierno será perjudicial; y la mano de obra es un concepto utilizado generalmente por el marxismo; el chiste es chistoso porque utiliza dos corrientes teóricas contrapuestas históricamente).
El caso es que no escribí nada de eso, y en cambio escribí nomás para decirle a la ingrata que no se vaya a ir muy lejos esta vez, nomás porque "tu traes el alma con la rienda suelta, ya crees que el mundo es tuyo, y hasta me das tu olvido", y si te alejas "que te vaya bonito" aunque "yo no se si tu ausencia me mate, aunque tengo mi pecho de acero", pss, total, “la vida no vale nada, comienza siempre llorando y llorando se acaba”, pss total, yo se que “sigo siendo el rey


P.D 1. "Olvídate de todo, menos de mí, y vete a dónde quieras, pero llévame en ti, que al fin de tu camino comprenderás tus males, sabiendo que morimos para morir iguales"

P.D 2. ¡Ajúa!, ¡Cantinero: sírvame otra copa!

P.D. 3 Gracias todos esos lectores, esquivos pero fieles, mil gracias; y pues seguimos comentándonos

sábado, 26 de mayo de 2007

Chiste de economista


Tal vez más de un economista haya pensado en este chiste, pero el caso es que el viernes vino a mi cabeza mientras comía con mi amorcito (que por cierto es economista y hablábamos de lo propio), y dice así:

¿Quién gana en unas vencidas entre la mano de obra y la mano invisible?
Ahora que lo escribo me sigo riendo y casi, casi se me sale el refresco por la nariz. Por supuesto a algunos les parece una simple babosada pero les juro que es un excelente chiste.

jueves, 17 de mayo de 2007

El día que la luna explotó


He aquí una pequeña y tonta anécdota de mi juventud.

En una de esas de noche en las que se acostumbra tronar cuetes, para venerar a algún santo, un amigo y yo caminábamos dando vueltas dentro de la Unidad Habitacional en la que vivíamos por aquél entonces y platicábamos mientras la roja luna estaba en el horizonte de un cielo deslucido.

Ya hace años había terminado el tiempo en que solíamos jugar y correr con otro niños de la Unidad, en esos días apenas daban las ocho de la noche se escuchaba el trinar de los timbres de todos los departamentos como si un alfiler cruzara todo el edificio de arriba a abajo. Entonces salíamos cerca de 10 o 15 niños y niñas y jugábamos de todo: escondidillas, bote pateado, quemados y a las atrapadas... A las diez de la noche quedaba el patio en cielo de nueva cuenta. Ya los años pasaron, de pronto los amiguitos empezaron a verse con otros ojos, los amores de estudiante (flores de un día) se presentaron inevitablemente, luego cada quién se juntó con otras gentes, estábamos creciendo, según dicen.

Pero mi amigo y yo todavía conservábamos el gusto de salir por salir y la plática se antojaba amena; hablábamos, como todo adolescente, de mujeres, política y música.

Así vuelta tras vuelta, hasta que vimos, sin preámbulos, pero con una sorpresa que es imposible de traducir, como estallaba la roja luna. Fueron apenas unos instantes, menos de un par de segundos, pero cada uno se quedó atónito, inmerso en sus pensamientos. Yo pensaba en las consecuencias, yo imaginaba los mares fuera de control, desgajándose sobre la tierra, dibujando un nuevo planeta; acaso creí que ahora seríamos menos pesados.

Nada de eso ocurrió como pueden atestiguarlo noche con noche. Desviamos la mirada escasos centímetros en nuestra perspectiva, detrás de la copa de un árbol se encontraba la luna, inmutable, ajena a nuestra sorpresa. Lo que habíamos visto era un cohete, de esos que estallan como dientes de león, justo en el momento en que era casi una esfera perfecta.


Muchos años después pude tomar esta fotografía que usted ve, algo muy
similar a esto es lo que vi aquella noche de  juventud.

lunes, 30 de abril de 2007

Sin título

La ley se aprobó (gracias a Dios (si, este es un muy mal chiste)). Hoy el aborto es legal en el Distrito Federal. Lo que veremos en adelante será un fenómeno muy interesante que no precisaré aquí, sino tal vez próximamente en el Jicotillo.
Cuando vi los titulares anunciando la aprobación del aborto experimenté un shock tremendo. Advertí lo diferente que hubiera sido mi historia (y la de ella) de haber sido legal hace seis años. Nuestras vidas serían harto distintas. No escribiré variedad de adjetivos, solo diré que hubiera sido mejor, mil veces mejor.
Hay muchas expectativas, muchas; ojala se cumplan las mejores de ellas, las mujeres lo merecen.

martes, 24 de abril de 2007

Yo, que he abortado

El tema del aborto viene mucho esta temporada; está de moda, pues. Y todo esto porque en el Distrito Federal está a discusión despenalizarlo, dada esta circunstancia el tablero se ha divido y la gente toma partido. Esta iniciativa de ley ha propiciado muchas reacciones, quizás de las más importantes es la oposición manifiesta de la ultraderecha más exquisita, más refinada, en su expresión mas acabada (o sea la mas pedestre). Resulta llamativa esta respuesta, en mi ignorancia no habría supuesto tan purulento e intrínseco el ideario ultraderechista, el cual se está expresando en manifestaciones y varias presentaciones en los medios de comunicación.

Sin embargo me sorprende la respuesta que surgió en mí a esta marabunta panfletaria de información: inconscientemente me coloqué en contra del aborto.



Hace muchos años mi pareja se embarazó de mi, cuando nos dieron los resultados del laboratorio inmediatamente le manifesté mi apoyo cualquiera que fuera su decisión; en definitiva era su cuerpo, en ella se desarrollaría el bebé, ella sería la madre y toda su vida cambiaría de eje, quisiera o no. Su decisión fue difícil, dolorosa: abortó.

Ella tiene su historia, hoy quiero contar la mía. Yo la apoyé, como ya he dicho; pero yo quería tenerlo, sufrí por ello. Los años han pasado y no me arrepiento de haberlo hecho. Hoy tendría seis años aquel niño. Aún no he terminado mi licenciatura, tengo trabajo pero definitivamente no gano lo suficiente para sostener una familia; ella ha tenido mejor suerte que yo, pero con toda seguridad no estaría donde está de haber tenido a ese niño, por otro lado, haber mantenido la pareja se antoja imposible. ¿Y el niño? Hasta ahora solo he hablado de los que fuimos, pero no de lo que pudo ser.

Dice la tele que el mexicano es muy luchón, que siempre sabe salir adelante, el cielo prometido será su recompensa a haber soportado la voluntá de dios en esta tierra. Muchos dirán que de haber nacido ese niño habríamos encontrado la manera cuidarlo. Tengo muchas respuestas a esto, algunas podrían ser políticamente correctas, otras podrían ser poéticamente acertadas, hasta podrían resultar panegíricas. Lo cierto es que puedo decir con absoluta certeza (la certeza que da el conocimiento científico de mi entorno) que aquel niño no habría tenido una vida. Vivir en la miseria no es vida.

Han pasado los años, todavía me duele a ratos; hoy descubro que yo también aborté, yo también perdí algo de mi ser, quizás por eso respondí inconscientemente de ese modo; pero me es evidente, más allá de las razones económicas-sociales, que todos hubiéramos sufrido más al ver que no habríamos dado lo mínimo necesario para el hijo.

Permitir el aborto es completamente legítimo, pero sobre todo necesario, ya que de todos modos el aborto es una realidad. Responder a los torpes sofismas de la ultraderecha es farragoso e innecesario, sólo diré que los que abortaron a la razón no merecen atención alguna, lamentablemente son los más poderosos y con mejores canales de comunicación.

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