martes, 14 de febrero de 2017

Papelitos

Hace más de quince años, cuando trabajé en un café internet con un horario de más de doce horas (uno de los peores trabajo que he tenido), tuve un compañero, militar desertor. Un día de tantos, me contó el capítulo romántico de su vida, y lo recuerdo porque usó la siguiente frase: -soy un romántico, es más, me cae que Romeo no me llega ni a los talones. Bueno, él, además de seguir vivo, se divorció de su chica, así que no, no creo que su amor fuera más grande que el de Romeo.


¿Pero qué es ser romántico? No se preocupen, esto no es un disertación sobre el tema, basta decir que podemos considerar romántico (fuera del contexto histórico de esa forma literaria específica) algo que busca encantar, un gesto que busca demostrar nuestro sentimiento. Actualmente, interpretamos gestos románticos en la historia de la humanidad, desde la pareja enterrada que descubrieron en Italia, y a decir de los arqueólogos, se mantiene abrazada desde hace seis mil años, hasta el tatuarse el nombre del amado en turno (casi siempre con hórridos resultados). De joven, como todos, hice muchas en cosas en nombre del amor, para fortuna de ustedes no traeré (por ahora) el catalogo completo, tan sólo quiero mostrar algo que, según yo considero, es lo más romántico que hice alguna vez.


No voy a contar la historia con detalles, porque es un cuento que se sigue contando, es una parte de la historia de la pareja que tengo desde hace más de una décad, los detalles de nombre, grado o categoría me los reservo. Para fines puramente prácticos, ella será señalada como la china, no por su fenotipo, sino por su ensortijado cabello. Lo que usted ve, desde principios del post, es una caja de madera, al estilo Olinalá, Guerrero, que compré, con un propósito definido, en una mañana apacible, en una esquina casi ignota del centro de Coyoacán.


Básicamente mi chinita se hacía del rogar, o lo que es lo mismo, la potranca se quería salir del redil. No es cierto, exagero. Diré que estábamos comenzando la relación, pero el inicio tuvo algunas complicaciones, mismas que decidí afrontar con una pequeña carta diaria hasta que ella, finalmente, se decidiera a establecer la relación. Por supuesto, como casi todo en la vida, no hay fronteras precisas, así que no supe cuando terminarlas, un día, simplemente, después de poco menos de diez meses, dejé de hacerlas.

El carrito, tamaño Hot Wheels, es para fines comparativos de tamaño.

Todo comenzó porque por aquel entonces leí uno de los libros que aún considero entre mis favoritos: el Makura no Soshi, o Libro de Cabecera, o Libro de la Almohada (que nada tiene que ver con la película, aunque está si tenga que ver, un poco, con el libro), el cual fue escrito por una mujer de la corte imperial japonesa, cuyo nombre podría ser Sei Shônagon.


El libro ilustra parte del ritual de cortejo entre amantes, el cual consiste, en enviarse cartas. El pueblo japonés, al menos visto por su literatura clásica, era aficionado a la composición de poemas, que son algo diferentes a lo que en occidente entendemos por poesía. El juego de caracteres, la disposición de los versos, la elección del papel, la caligrafía, y un código poético relativo a la temporada del año, forman parte del poema, el sentido total difícilmente puede ser traducido.


"*Parte esencial de la etiqueta amorosa, incluía un poema y se le ataba a un ramita florecida apropiada. La selección del papel y la caligrafía era importante." Escogí la caja de madera por el tamaño, pensé que sería el ideal para una pequeña carta con algún poema o carta. Me decidí por el papel fabriano, que entre todos los papeles que conozco, siempre me ha parecido muy noble, debido a la cantidad de algodón que poseé. Compré varios pliegos grandes, los trabajé con un doblador de hueso y corté con una fina navaja. Meses después, compraba muchos más pliegos y tenía que llevarlos a cortar a una imprenta.


En aquel tiempo estudiaba japonés, así que empecé a fechar las cartas en ese idioma. El haiga (léase 'jaiga') es el arte de la caligrafía, y este contempla muchos estilos, algunos muy sutiles, otros muy expresivos, casi de trazos violentos... yo simplemente escribo feo, pero además, compliqué el asunto porque decidí usar pincel para escribir en japonés y usar plumilla para el texto en general, pero yo nunca había usado plumillas, y creo que se nota bastante en las primeras cartas, luego compré una pluma con punta tipo plumilla, lo que me facilitó el trabajo.


Al principio, la selección de poemas resultó relativamente sencilla, porque en aquellos años, además de estudiar japonés, leía mucha poesía clásica japonesa, como el Hyakunin Isshu y el Kokinwakashû, además de otras antologías de poetas japoneses, bellamente editadas por la editorial Hiperón. Más adelante, empecé a tener algunos problemas, y eché mano de Internet, pero también empecé a comprar libros de dónde poder obtener poemas que reflejaran mis sentimientos.



A veces hacía algunas cosas especiales, como cuando el Tanabata No Hi (el día de los enamorados en Japón). En esa ocasión preparé una especie de tríptico, con algunos poemas favoritos y una explicación de la leyenda que dio origen a ese día.



Al cabo del tiempo tuve que variar mis lecturas, incursioné en otro tipo de poesía, hallando grandes y lucidas joyas de la poesía romántica.



Y ya que mi chinita es fervorosa amante de los cuentos, empecé a poner algunos cuentos cortos y fábulas al uso, ya no tanto con una idea romántica-amorosa, sino buscando el divertimento, provocar alegría en su corazón, decirle todo lo fascinante que puede ser la vida.


Por supuesto, ninguna relación es lineal, en algunos momentos de tensión salían los boleros y canciones de despecho, más de una vez desfilaron en estas hojas letras de despecho de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Álvaro Carrillo, entre otros.



Obviamente el tema prehispánico está presente, lo que me llevó a traer el dibujo a estas cartas. Usaba una pantalla luminosa para hacer el dibujo lo más fiel posible, y para el entintado final debía ser muy cuidadoso, con las cartas en texto llegué a equivocarme y tenía que repetir el proceso, en cambio, con las que llevaban un dibujo no me podía permitir, ya que cada carta (por muy descuidada que les parezca), me llevaba poco menos de media hora.


En algún momento el pensamiento budista llegó a estos pequeños cuadros de papel fabriano, porque por aquel entonces me dediqué bastante a formarme en él, además, mi china se mostró interesada, así que compartí algo de esto,lo que sirvió para dar entrada a esas pequeñas historias zen, los koan, destinados a iluminar la mente a través de su meditación.



Más adelante el lenguaje gráfico volvió a aparecer, ya con alguna frecuencia. La selección casi siempre fue relativo a monos, a tiras gráficas. Las dos tiras que están sobre estas líneas pertenecen a Buba Comix, de José Quintero. Y es que a veces, una tira podía expresar mejor mis sentimientos que un poema...


Hay muchas más cosas en estas cartas, incluso cuentos completos, de medio aliento, contados en varias partes, como Bebe mi sangre, de Robert Matheson (en traducción de Vicente Quirarte), así como buen parte del Libro de la imaginación de Edmundo Valadés, sin dejar de lado los Poemínimos de Efraín Huerta. En algún momento empecé a comprar antologías para continuar mi labor de antologador... 


Pero la vida pasa y nos arrastra con su lenta cara de agua. En algún momento hacer los papelitos me resultó agobiante, a veces llegué a repetir un poema sin darme cuenta (obviamente ella se quedaba con las cartas), y a veces no tenía tiempo para hacer algo digno, algo decente, y al posponerlo, se acumulaban las cartitas. Para cerrar este ciclo realicé un último trabajo, pero no en papel, sino en acero inoxidable.


El poema, es el Número 13 del Hyakunin Isshu, su autor es el emperador Yousê.

筑波嶺の
峰より落つる
みなの川
恋ぞつもりて
淵となりぬる

Tsukuba ne no
Mine yori otsuru
Minano-gawa
Koi zo tsumorite
Fuchi to nari nuru

Desde el pico de Tsukuba
la corriente fluyó hasta
esparcirse en el ancho Mina
Así mi amor se precipitó
hasta ser un estanque profundo




viernes, 20 de enero de 2017

Voz viva en la literatura

Una tarde lluviosa, trabajando en la librería El Parnaso de Coyoacán, casi sin clientes, me aburrí de escuchar el mismo disco una y otra vez, y es que las opciones siempre eran las mismas: algo de Putumayo, o alguna sombría grabación independiente.

Y es que el surtido de discos de la librería era malo y limitado, además no podíamos abrirlos indiscriminadamente, según la idea del dueño era poner algo que pudiera interesar a los clientes, así que en esa tarde quieta, de llovizna ligera, y siendo yo jefe de piso, decidí abrir un disco nuevo.

Escogí uno que ya conocía y había comprado hace un par de años. El disco seleccionado era un volumen de la colección Voz Viva de América Latina de la UNAM, la cual edita discos de obra seleccionada de grandes escritores, leídos por ellos mismos. Un compañero de piso me preguntó qué era lo que había puesto, le enseñé la tapa del disco, y haciendo una mueca de desdén, dijo que él prefería leer el texto, que lo suyo no eran los audio libros.

En ese momento me acordé de Enrique Rocha y unos comerciales, quizá por ahí de principios de los noventa, en los que promocionaba la Biblia completa, leída por él, en prácticos audio libros en CD. Recordé la avalancha de audio libros que se puso de moda en aquella década, impulsados por el nuevo formato salieron bastantes, por fortuna, no prosperan hoy más que como una curiosidad, diluidos en formatos como los podcast, dónde se suele colar la lectura de algún cuento corto, o acaso, en las lecturas por entregas en populares programas de radio.





Descubrí la colección Voz Viva de América Latina en la casa de un amigo, allá en Tacubaya, y el primer volumen que vi fue el bellísimo acetato de Jorge Luis Borges, yo debía tener por aquel entonces unos quince años, y quedé mesmerizado por la voz, por la lenta, reptante, voz de Borges, por la inmaculada pronunciación de otras lenguas, por la sapiencia, la erudición, la arrogancia y al mismo tiempo la resignación ante un destino. De ese disco no tengo más que una copia en cassette, a la que hace algunos años, por el cariño que le tenía, le diseñé una portada a mano.





Tenía diecisiete años cuando entré a trabajar por primera vez, a una empresa, al restaurante Toks, donde fui 'cacharrero', llamado así porque básicamente era el encargado de lavar todos los cacharros, todas las ollas grandes. Fue un trabajo horrible, el más horrible que he tenido, por todo, por los compañeros de trabajo, porque estar dentro de una cocina apesta, porque terminé con las manos cortadas, llenas de heridas y quemadas por la sosa caustica que se usa para lavar. Sólo duré una semana, pero me pagaron la quincena completa, ochocientos pesos, Con ese dinero fui a la librería Gandhi, en M. A. Quevedo, cuando todavía no se mudaba de acera (donde ahora sólo venden saldos), ahí despilfarré mi dinero en libros, y compré el primer volumen que tengo de Voz Viva, el disco de Julio Cortázar.

Quién haya oído alguna vez su voz, leyendo su propia obra, jamás vuelve a leer del mismo modo sus libros. Al escucharlo, se revela el tempo que lleva su prosa, ese swing al que tanto se refería en sus escritos teóricos. Su voz es grave y tiene una extraña mezcla, está entre el inconfundible tono argentino, y el gargarismo francés. El fragmento más conocido, y socorrido por los enamorados, es el capítulo 7 de Rayuela, pero yo prefiero, siempre, Conducta en los Velorios, o Casa Tomada. Después de escuchar el Voz Viva de Cortázar, cada que leo El Perseguidor, al llegar al fragmento leído, es como si lo escuchará en mi mente.





Conseguí el volumen de Voz Viva de Rulfo de manera mal habida... andaba caminando con mi novia de entonces en Ciudad Universitaria, totalmente quebrados, sin dinero siquiera para un café. Fuimos a la Dirección General de Orientación Vocacional a preguntar por el precio de una guía de estudios, al salir, topamos con otra pareja que andaba buscando lo mismo. Nos sentamos afuera del lugar y platicamos un rato, luego de un tiempo, nos levantamos, y a la vera del camino encontramos unos billetes doblados, los levantamos y felices, decidimos ir por un café y pasar a la Rectoría a comprar los discos de Voz Viva que ya sabíamos que vendían ahí. Yo compré el de Rulfo, y creo que ella el de Cortázar. De regreso, ya con nuestros cafés y discos en mano, vimos, de lejos, a la pareja con que nos habíamos cruzado... andaban buscando el dinero que habían tirado. No dijimos nada.

Quién haya leído los cuentos de Juan Rulfo sabrá que a veces los personajes usan lenguaje de pueblo, fácil es la tentación de leerlos mentalmente con una entonación similar a la que tienen los personajes de igual filiación en las películas de la llamada época de oro del cine nacional, como rancheros bragados, como tímidos indios, como altaneros hacendados.

Quién haya oído a Juan Rulfo leer sus propios cuentos, jamás vuelve a leer del mismo modo su obra. Hay una manera muy fácil de describirlo: es como si un hombre borracho estuviera leyendo. Es fácil, pero tampoco es una forma justa de decirlo. Por supuesto no hay devaneos o seseos, es simplemente esa voz gruesa, cavernosa, como venida desde lejos, desde muy hondo, justo como si el mismo Juan Preciado nos estuviera contado todo.





No estoy seguro del momento en que compré el volumen de Voz Viva de Carlos Pellicer, sólo sé que fue un poco antes de la huelga del CGH de la UNAM, en 1999. Tampoco sé cómo es que me acerqué a Pellicer, como es que me enamoré de su obra, de su poesía sencilla, de sus versos casi inocentes, pero musicales. A lo mejor la memoria me engaña, pero quizá compré el disco en una de las pequeñas ferias de libro que se montaban en la explanada del CCH Sur. Nada grande, acaso un par de mesas con un poco de material, mi memoria casi me trae la imagen del disco sobre una mesa y una mañana luminosa.

Escuché el disco y encontré lo que imaginaba: una voz prístina, varonil pero melodiosa; uno casi puede imaginar un hombre pulcro, una especie de bardo modernista. Cuando habla de la selva, su voz se torna verde, cuando habla del mar, lo embriaga la emoción y brota por todos lados el sol y la arena. El amor calla, desea, oculta, todavía más, sus secretos, en cada entonación...





Los últimos discos que llegaron a la colección son los de Juan Jose Arreola y Alejo Carpentier. Los compré en una feria de libros que se pone junto a Las Islas, en Ciudad Universitaria, donde suelen rematar el material rezagado de la UNAM a fabulosos precios. Ahí se encuentra excelentes librosa fabulosos precios; cada disco me costó apenas cincuenta pesos, y hay de bastantes más autores.

Una mañana de diciembre del año pasado, recogiendo la casa después de un desayuno ligero, recordé que no había escuchado aún ese par de discos que compré. Fui al mueble donde guardamos los discos, cassettes y películas (en la familia somos fervientes creyentes del respaldo en físico) y reproduje uno de ellos. Escogí el de Arreola y degusté su voz, casi siempre en un todo grave, y que sólo en Una Mujer Amaestrada parece liberar al saltimbanqui, al director de pista de circo,





No creo que estos discos califiquen como audio libros, tampoco creo que puedan sustituir la lectura del autor. Me parece, que en cambio, complementan el conocimiento que se puede tener sobre la literatura de alguno de los autores consignados, no al grado que arrojar luces completamente diferentes sobre su obra, ni que sea decisivo para disfrutarlo, o entenderlo (no hay registro de la voz de autores clásicos, y no por ello son menos estudiados o admirados), pero creo que es lo suficiente interesante como para apreciar mejor su trabajo.

Me gustaría agregar una cosa más sobre la relación entre el audio y la obra impresa. Si bien es cierto que la mayoría de las veces la literatura es un acto silente, un acto interior, y que la lectura en voz alta está reservada a algunos eventos especiales, y casi siempre circunscrita a pequeñas obras, es importante que el texto sea lo suficiente fluido como para no entorpecer esa lectura interna (a menos que ese sea el efecto buscado, claro está).

A veces la lectura en voz alta puede revelar un aliteración que en su forma impresa no fue evidente, por esta razón, hace años, cuando quise formarme como escritor, me recomendaron grabar mis textos, no sólo para evitar cacofonías, sino también para advertir los párrafos excesivamente largos, para notar cuando una coma estaba de más, sobre todo en las partes críticas de un texto.

Recuerdo que le pedí a mi padre un micrófono, ya que el que tenían integradas las radiograbadoras de aquel entonces apenas podían filtrar el ruido ambiental. Me llevó al Centró Histórico de la capital, ahí, en la calle de República del Salvador, caminamos un poco hasta que encontramos un micrófono a buen precio. Para el que no lo sepa, en cuestión de equipos de audio, existe una amplía gama, con características especificas, un buen micrófono, para profesionales, fácilmente puede alcanzar miles de pesos.

El mío era un cosa muy sencilla, de mango azul, pero lo suficientemente útil para poder grabar mis primeros cuentos. Me grabé infinidad de veces, me escuché otras tantas. Es vanidad, pero también es cierto, que leo bastante bien, sin falsas entonaciones y si excesivos hincapies, Algún día rescataré esos audios que tengo perdidos en los muchos cassettes que guardo todavía.





Pensando en esos discos de remate, los dos últimos que compré de la colección Voz Viva, recordé un episodio de hace muchos años, quizás de hace veinte años. Casi no me gusta visitar las librerías porque sufro mucho de sólo ver los volúmenes sin poder llevarlos, pero una tarde de 1996 o 1997 pasé frente a Gandhi, y decidí entrar. En aquellos años estaba era ferviente lector de la obra de Juan Ramón Jiménez (autor del popular Platero y yo) y me dirigí directamente a la sección de poesía a buscar algo de él, ahí encontré un delgado tomo, un poemario, acompañado de un Disco Compacto, con fragmentos de su obra, leídos por él mismo.

No recuerdo el precio exacto, pero rondaba los trescientos pesos, una cantidad bastante mayor para un pobre muchacho sin trabajo de, acaso, diecisiete años. Recuerdo que inmediatamente me salí de la librería, herido por la imposibilidad de conocer la voz de mi poeta favorito (todavía no existía YouTube, ni el Internet era popular). Llegué a casa, y platiqué con mi madre. A mi me daban de gasto semanal unos veinte pesos, lo justo para tomar el Ruta 100 y el microbús al CCH Sur de ida y vuelta, pero ocasionalmente podía pedirles un libro que no fuera muy caro, le expliqué a mi madre la importancia de ese disco y prometió consultarlo con mi padre.

El siguiente fin de semana, cuando mi mamá llegó del mercado donde teníamos un puesto de herramientas, me avisó que la compra había sido aprobada, apenas terminando de comer, saldríamos por el libro. En aquel entonces, ir desde del Metro Constitución hasta el Metro M. A. Quevedo me parecía un viaje tremendamente largo. Recuerdo que llegamos al atardecer, con la noche cayendo. Recuerdo el viaje en metro con mi madre, recuerdo que me sentía como niño, recuerdo la sonrisa de ella, alegre de poder darme algo que yo realmente quería tener.

Ya no estaba el libro con CD de Juan Ramón Jiménez... vi una leve nube de decepción en la cara de mi madre (conozco bien ese ligero rictus que se dibuja en la comisura de sus labios), seguramente para era fue una pequeña derrota, Pero me ofreció comprarme cualquier otro libro, del mismo precio, y aunque busqué con suma atención, nada me llamó lo suficiente, yo también estaba decepcionado, y sabía lo que implicada un gasto de esa cantidad para la economía de la familia en aquel entoces, así que desistí, no sin antes agradecerle dulcemente a mi madre. Regresamos, ya sin la esperanza del viaj de ida, pero con una alegría distinta.






Esa mañana de diciembre que tomé el disco de Arreola, tomé las pocas fotos que acompañan estas letras, porque pensé que podría hacer un breve post con ello. Pero al empezar a escribir, una cantidad de recuerdos empezaron a llegar. Detengo estas palabras, pero todavía hay un montón de cosas que veo y me llaman...

viernes, 28 de octubre de 2016

¿Qué pasa cuando ves diez películas de terror sin parar?

Siempre he sido malo para la academia, mucho. En el CCH, allá por 1996, reprobé la materia de Historia Universal, y no porque fuera incapaz de memorizar fechas o hechos, sino porque no hacía los deberes. Entonces tuve que inscribir la materia en extraordinario, pero, un día antes de presentarlo, descubrí que había que resolver y entregar una guía... obvio no me presenté al examen.

Estuve arrastrando esa materia hasta que la pude inscribir en un curso sabatino. El maestro que la impartió era el típico maestro sustituto: hippiosón, cabello largo, lentes de carey, mochila y chaleco de cuero, jeans y botas.

Sí, sí vimos los temas de la materia, pero sólo los platicamos en clase, todo muy alternativo; nada más nos faltó tomar la clase afuera, sentados en el pasto... nunca dejó tarea, y para evaluarnos nos pidió un trabajo final: ver diez películas temáticas y escribir un ensayo.


Mi primer idea fue el anime. Como en aquellos años estaban en auge las convenciones de cómics, se habían vuelto accesibles muchas películas y series japonesas, y como mi gran amigo del CCH era fan de ellas, pensé que podría ser muy fácil hacer la selección, pero otro chico me ganó el tema.

Mi segunda idea, fue cine de autor. Como en aquellos años se habían puesto de moda cineastas como Krzysztof Kieślowski y Wim Wenders, por un momento pensé hacer mi trabajo sobre el Decálogo, de Kieślowski, pero el mismo profesor no me lo recomendó, estaría muy denso intentar hacer algo...




Un par de años antes, en 1993, cuando aún estaba en la secundaria, salió Jurassic Park, y con ella vino la dinomanía, si no estuvieron ahí, déjenme decirles que, de pronto, todo era dinosaurios; hubo varias exposiciones de dinosaurios robóticos (estos eran importados, luego el IPN se puso las pilas y empezó a hacer sus propios Lagartos Terribles para estas expos), ni se diga de los juguetes, y por supuesto hubo toda clase de publicaciones, cualquier revista aprovechaba el menor pretexto para poner un saurio en su portada.

Un día, saliendo de la secundaria, vi una revista que me llamó mucho la atención, pero tuve que esperar unos días para reunir el dinero y poder comprarla (¡que tiempos aquellos!). Me gustó bastante la revistilla y me hice fan, afortunadamente no fue difícil que el señor de los periódicos la llevara, así, mes a mes, empecé a entrar al mundo de Fangoria.


Se trataba de la edición española de Fangoria de USA, en ella aprendí muchas cosas de cine, de efectos especiales, de los grandes maestros del terror, del cine B, de los monstruos de la Hammer, etc... Era 1993, en internet apenas aparecía el primer visualizador gráfico de páginas web: Mosaic, el antecesor de Netscape, o sea, básicamente, la web no existía como un medio conocido, así que estas revistas eran oro puro para los que ansiábamos ñoñear.




Mi tercer idea, fue cine de terror. Como en aquellos años ya había leído varios números de Fangoria, rápidamente pude armar una lista de diez películas representativas del género para proponerlas, el profesor inmediatamente me dio luz verde.

Recapitulando, en 1997 no había internet, estaba chavo y no tenía dinero, ni expertise como para lanzarme a Tepito, además, las cintas piratas podían resultar todo un albur, casi siempre eran de mala calidad, ¿cuál era la opción?

Así es, el Videocentro fue la opción, y pues ante la oferta, la demanda tuvo que ajustarse, mi impecable lista de diez películas representativas del género se redujeron a las películas de terror que estuvieran disponibles. Pero además, tampoco tenía dinero para rentar diez cintas VHS, y es más, creo que ni te daban chance de hacer eso.

Pasó casi una semana en lo que conseguí el dinero para la inscripción al Videocentro, mientras, aproveché para revisar con que títulos contaba. Además, pregunté a un par de amigos si tenían alguna cinta de terror que pudieran prestarme. Por otro lado, yo tenía algunas películas que había grabado de la televisión (dios, ¡que tiempos aquellos!). No estoy seguro, pero quizá sólo renté unas seis películas.


Empecé a ver las películas un jueves por la tarde, pero arranqué con una mini serie: The Stand, de Stephen King, duraba algo así como seis horas, aunque ya la había visto cuando la pasaron en el canal cinco, y de donde la grabé en VHS, quería tenerla fresca para mi trabajo. Terminé de verla esa madrugada, con un intermedio para ver otra película, una corta, que también había grabado de la tele: Serial Mom, con Kathleen Turner, dirigida por John Waters.

Sé que vi dos películas de Hitchcock, una de ellas fue la clásica Psycho, y alguna otra, que, debido a la abultada cinematografía del director me hace bastante difícil reconocer cual fue.

Estoy seguro que vi The Shining, de Stanley Kubrick. También un par de películas de hombres lobo, quizá más, un de ellas fue The Howling, de Joe Dante. También vi una de las películas de serie B de la Full Moon Productions, el clásico Puppetmaster.

Por falta de películas atractivas en el Videocentro terminé por ver Scream, de Wes Craven, no quería incluirla porque, según yo, vulgarizaba mi erudito gusto (¿qué?, ¡tenía 17 años!, por suerte se me quitó lo mamoncito, verdad?), pero al final sirvió para representar el futuro del género.

Recuerdo, casi con certeza, haber visto las siete películas mencionadas, aunque, como ya dije, creo que vi una más de Hitchcock o una más de hombres lobos, y quizá, alguna clásica de los monstruos de la Universal, Frankenstein o Drácula, aunque también es posible que haya visto alguna de Fredy Krueger o Jason Voorhees. En este punto habían pasado casi tres días seguidos viendo películas de terror, desde el jueves en la tarde y hasta el sábado en la noche. Sí, antes de que se pongan a gritar 'espurio' a lo menso, obvio hice otras cosas, como comer, dormir, ir a clases y así.

Sin embargo, casi todo el sábado estuve terminando de ver las películas, pero en la noche, quise ayudar a mi madre a preparar la cena, también para distraerme un rato. Ella me pidió que picara jitomate. Fui al refrigerador y encontré la bolsa de jitomates. La saqué, quise abrirla, pero el nudo estaba muy ajustado. Tomé el cuchillo con el que iba a picar los jitomates. Levanté la bolsa de los jitomates y empecé a picarla una y otra vez. Una y otra vez.


#TrueStory, amigos, neta, neta, neta. Agarré a cuchillazos a la inocente bolsa de los jitomates... aunque sólo fueron como tres cuchilladas. Me detuve azorado y bajé el cuchillo, por fortuna nadie de la familia me había visto... me reí un poco (yo creo que de nervios), y seguí picando el jitomate, como si nada.

Al otro día me levanté muy temprano y empecé a hacer mi trabajo, ¡en máquina de escribir!, recuerdo que me apoyé en bastantes citas de Fangoria, eso sí, ninguna plagiada (pensé, me voy a ver muy tonto si me adjudico algo, va a ser muy obvio que eso no es mío), así como de un pequeño diccionario Larousse de psicología (que todavía anda en casa de mis padres). Muchas veces me he lamentado no haber sacado fotocopias del trabajo, no tanto por la posible calidad de él, sino para recordar bien esa decena de películas que me hicieron destripar esa pobre bolsa de jitomates.



miércoles, 26 de octubre de 2016

La historia de miedo más rara que me han contado.

A finales de 1997 conocí el mar por primera vez, un amigo nos invitó a mí y unos amigos. Como su familia era de la costa sur de Guerrero nos ofreció alojamiento y comida, prácticamente gratis.

Entrada a Chautengo sobre la carretera costera.

Estuvimos varios días en la localidad de Chautengo, del municipio Florencio Villarreal, Guerrero (casi llegando a Pinotepa Nacional, Oaxaca). El principal atractivo del lugar es la enorme laguna que hace contacto con mar abierto.



En aquellos años Chautengo era un pueblo pequeñísimo, prácticamente sólo tenía una calle y no contaba con infraestructura turística, ni siquiera cabañas, acaso, en semana santa, viajaban un par de camiones con turistas que acampaban sobre la playa.

Nosotros nos hospedamos en la única casa construida con tabiques y cemento, las demás eran de abobe y palma; todos ahí eran tan pobres que comían pescado diario... pues sólo bastaba con ir a la laguna y con algo de paciencia sacaban una par de peces.



Para ir a la playa, había que tomar una lancha que rodeaba toda la laguna. Uno de esos días nos quedamos hasta que oscureció y el regreso lo hicimos de noche, sólo iluminados por la luna llena. En la ciudad no somo capaces de notar la diferencia, ahí, en medio de la negra laguna, conocí la luz de luna, azul, cerosa, densa.

En ese viaje nos contaron algunas de las historias locales de miedo, ya no recuerdo todas, pero una quedó en mi mente, por lo extraña y casi ridícula, es muy sencilla:

No debes caminar solo de noche, como lo hacen los borrachos, porque se te puede aparecer un enorme coche (puerco, chancho, cerdo, etc.), sin cabeza, degollado, con zapatillas rojas de mujer, con collares y moños, y te dirá de groserías, te mentará la madre, insultará a toda tu familia, te dirá muchas cosas feas.

Así como a ustedes, esto me pareció ridículo, totalmente carente de espanto, eso sí, muy extraño, muy campirano, muy de pueblo. Nada que ver con las pesadillas de aparecidos en la urbe, ese puerco, carente de todo peligro, no tiene la amenaza mortal de un tétrico payaso, o el mudo terror de una sombra con los ojos más negros que la noche.

Finalmente llegamos a la otra orilla del lago, descendimos de la lancha y emprendimos el camino a la casa, que era un trecho como de dos kilómetros. El grupo se dividió en parejas y yo quedé hasta atrás con mi amigo, el que nos había invitado. Empezamos a comentar las historias que nos habían contado y llegamos a la de la cerda, nos burlábamos de ella cuando nos dimos cuenta que habíamos quedado un tanto rezagados del grupo, y unos metros más adelante, en una curva del camino, los dejamos de ver por un momento.

De pronto estuvimos solos, únicamente iluminados por la luna llena, con el susurro interminable del agua como fondo. Las plantas, los matorrales, parecían más vivos, conscientes, casi amenazantes. Entonces lo vimos, imaginamos lo que sería una visión así, un enorme cerdo, maloliente, sin cabeza, escurriendo sangre por el cuello, pero de pie, moviéndose y gritando groserías, con una voz como el sonido que sale de una cabeza que está siendo degollada. Diciendo maldiciones, no sólo groserías, no sólo mentadas de madre, sino blasfemias de tu vida, de tus seres queridos, de tus fallecidos; con su ropa de mujer, con sus adornos titilando, brillando.

No había una amenaza mortal, nada de correr perseguido por un payaso armado con un cuchillo, nada de quedarse seducido por un vampiro. Sólo la aparición de algo anormal, de algo asqueroso e imposible. ¿Qué harías?, nada, sólo escapar, tratar de anular, de borrar esa visión, y luego, siempre conservando el miedo de volverla a ver, apenas cayendo la tarde, sabrías que ella andaría por ahí, esperando a su siguiente víctima.

Mi amigo y yo nos dimos cuenta de todo esto y corrimos un poco para alcanzar al grupo, ellos iban platicando como si nada.

¿A usted que es lo más raro que le ha dado miedo?

Perdóoooon, es que no le manejo el photoshop!


UPDATE: el señor Usagi, en Facebook, me indicó que esta historia es muy conocida en Guerrero, se le conoce como "La cucha con zapatillas", además mencionó otras como "La gallina con pollos", "Los Chanques" y "El amigo" (el mismísimo chamuco), espero se anima a contarlas un día..

martes, 18 de octubre de 2016

Los tres libros que marcaron mi vida

En el 2011, cuando Peña Nieto todavía ni siquiera era el candidato oficial, fue a la feria del libro en Guadalajara, a presentar uno de esos libros que les escriben para presentar su visión. El caso es que en rueda de prensa, le preguntaron cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Todos sabemos qué pasó.

Respondió una serie de absurdos... y las redes sociales explotaron para hacer escarnio, pero más adelante el asunto evolucionó en otras formas, las más significativas consistieron en señalar que en México el promedio de lectura era muy bajo, que no se necesita ser intelectual para manejar un país, que los que sólo leían best sellers no tenían la calidad moral para criticar, y por último, la gente elaboró sus propias listas de tres libros.


Entonces, muchos hicieron sendas listas, que Svetlana Aleksiévich, que yo Erich Auerbach, que François-René de Chateaubriand fue fundamental en su infancia... también estuvieron los que juraron que Octavio Paz le había salvado la vida, que Benedetti les había curado el  corazón, que Sor Juana los había conmocionado a tal punto que se habían querido enclaustrar...

Pero lo que en realidad estaban haciendo era un catálogo de afinidades estéticas al momento, un auto de fe de buen gusto, y no una verdadera confesión sobre los libros que los había prefigurado, que los había cambiado, aún cuando el libro fuera algo vergonzoso. Yo por eso me reservé la diatriba, y de hecho, durante muchos años no me decidía por hacer la lista, hasta este año, una amiga lo comentó en algún lado y empecé otra vez a pensar en eso.

Desde el principio tuve muy claro uno de los libros, los otros dos tuve que pensarlos muy bien, porque, como ya dije, era muy fácil caer en los esteticismo, por ejemplo, pensé en un librito de Haiku, muy sencillo, editado por Plaza y Janes, que me regaló una novia, y aunque la poesía y literatura japonesas me gustan mucho, y hasta me animaron a estudiar japonés un tiempo, mi amor a Nippon existe desde mi más tierna infancia, cuando jugaba con mi hermana a la ceremonia del té, así que ese libro quedó fuera.

O por ejemplo, los libros de cuentos de terror. Creo que tengo una colección respetable, me gustan mucho y durante un buen tiempo me dediqué a su estudio, pero no por ello me visto de vampiro o hago jaculatorias a Cthulhu en Twitter. También pensé que podría poner el primer libro que leí, -La Isla Misteriosa de Julios Verne- aduciendo que gracias a él me atrapó la lectura, pero estaría mintiendo, la lectura me atrapó con los cómics de la Pantera Rosa.

Otro elemento a considerar es la limitante de la cantidad, es decir, la vida de un hombre no se puede reducir a sólo tres libros (bueno, en el caso de Peña Nieto, no llega ni a un libro), por supuesto que habrá muchos, muchos más que nos hayan influenciado durante nuestra vida. Eso sin entrar en las vicisitudes de considerar qué es 'influencia'. Por eso las consideraciones que tomé fueron: no incurrir en el error de poner mis libros favoritos y elegir libros cuya influencia, de algún modo, aún sea vigente.




Catálogo de la exposición México, esplendores de treinta siglos.


En 1992 se presentó la exposición México. Esplendores de Treinta Siglos en una o dos ciudades de USA, después vino a México pero incompleta (por motivos legales de posesión de las piezas). Pero afortunadamente contó con un catálogo con todas las piezas expuestas originalmente. Mis padres lo compraron vía telemercadeo, llegó protegido por plástico burbuja dentro de una caja de cartón; fue toda una ceremonia abrirlo, mi madre, mi hermana y yo lo hojeamos con detenimiento; ahí, en ese momento surgió mi pasión por las ediciones cuidadas y las fotografías soberbias de Michael Zabé, nacería también el implacable gusto por la escultura prehispánica, por el barro moldeado, pero sobre todo, por la policromía teotihuacana.

Durante mucho el tiempo el libro estaría bien cuidado, hasta que empecé a consultarlo y leerlo, un poco a escondidas, y así es como realmente aprendí historia, así es como conocí los movimientos culturales y políticos de México, entendí y ordené las culturas prehispánicas, los tiempos de la colonia, los procesos de las guerras en México, y la construcción de la identidad de México. Gracias a este libro, cuando visité otros museos, como el de San Ildefonso, el Nacional de Arte, el de Bellas Artes o el Nacional del Virreinato sabía lo que estaba mirando sin necesidad de leer las fichas.




El arte de ensoñar de Carlos Castaneda


Castaneda fue uno de esos escritores que empezaron todo el relajo del new age, aunque el primer libro se dice fruto de una investigación antropológica no es una investigación seria, y aunque hable de un linaje tolteca nada tiene que ver con la toltecayotl estudiada por la antropología y arqueología mexicana. Los libros de Carlos Castaneda son un tutti frutti de filosofías orientales, caballería medieval y chamanismo occidental de la parte norte del continente americano.

Mi gran amigo del CCH me dio a leer, en 1996, El Arte de Ensoñar, y a partir de ahí, tomé una senda que no tendría vuelta nunca. Inicié el ensueño por cuenta propia y con mucha disciplina, según las indicaciones del libro. El resultado fue desastroso... no sólo logré experimentar muchas cosas, sino que empecé a ponerme paranoico.


En aquellos años leí toda la obra de Castaneda, acuciado por una la gran duda: ¿es esto real? Por supuesto en aquellos años todavía tenía mucha inclinación a creer que esto era posible, pero todo perdía credibilidad al pensar que una gran verdad no podía estar tan expuesta. Hasta que un día, gracias al mismo amigo que me dio a leer estos libros, terminé por aceptar que todo era pura estafa, y así entré, de golpe, a un sano escepticismo.

Sin embargo quedan muchas cosas de esta literatura en mí, de hecho, buena parte de mi motor moral se debe al camino del guerrero, a la idea de ser impecable antes todo, de sólo recorrer un camino que tiene corazón. Muchas de estas ideas tienen su origen en el budismo, por eso, cuando tomé ese camino, encontré fácil resonancia con mi forma de pensar. Por último, debo reconocer otra enseñanza: que existe una realidad aparte, porque, ¿qué sentido tendría vivir esta vida sin misterios?




Rayuela de Julio Cortázar.


Hace 18 años, cuando fui a un evento de jóvenes escritores en Mazatlán, Sinaloa, un chico mayor que yo, me preguntó que autor era mi favorito, contesté que era Cortázar, y él, como mirando al horizonte, respondió -sí, estás en la edad. Por supuesto que su comentario me molestó, principalmente por la petulancia y aire de superioridad con la que habló, pero también temí que un día Cortázar dejara de decirme algo, dejara de parecerme cautivante.

Este fue el regalo del cumpleaños diecisiete de mis padres y es, quizás, uno de los libros que más he releído en mi vida. Julio Cortázar lamentablemente fue reducido, gracias a Facebook, a un escritor de frases románticas, tan trágicas que parecen de amor adolescente, borrando de golpe toda su angustia existencial, su compromiso con América Latina y la mística del realismo mágico.

Rayuela para mí fue un libro de cabecera, una especie de horitas (libro de horas); hallaba en su lectura toda clase de pasajes, de posibilidades, de propuestas... un día empecé a pintar el libro, a escribir algún haiku al borde de las hojas, empecé a crear mi propio laberinto... Hasta que, después de la fiesta de mi cumpleaños 30, olvidé el libro en un camión (aunque iba sentado sobre él -justo como Johnny Carter perdió su sax, en El Perseguidor, del mismo autor), y aunque pude regresar por él, lo dejé ir.

Todavía conservo un par de cosas de Rayuela, como el capitulo 68, que habla del cerebro y su química, ¿quién soy yo?, ¿yo o la química en mi cerebro?; también la determinación de la no acción; Talita y Traveler como arquetipo de la pareja; así como el concepto de Wong sobre la destrucción de la inteligencia y el Zen, de hecho, por esto último, es que decidí no convertirme en un intelectual, olvidar todo y mirar con ojos de ciego.




¿Y ustedes?, ya, sin poses, ni presumir, ¿cuáles fueron los libros que marcaron su vida?



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lunes, 3 de octubre de 2016

Hace dieciocho años

Con este post presento la nueva identidad del blog, que durará un año. El tema ganador fue: Dos Veces Dieciocho, propuesto por mi amiga Beli, ganando así un par de cervezas Lágrimas Negras, aunque al parecer todavía no está enterada, pero con este post se hará el aviso oficial.

No está de más explicar el concepto elegido. Matemáticamente hablando, dos veces 18, es igual a 36. Y ya que los 18 años son una edad significativa, por considerarse la mayoría de edad, símbolo de independencia y frontera de la vida adulta, cobró sentido. También me interesó el concepto propuesto que, estadísticamente hablando, los 36 años marcaban la mitad de mi vida, pero al final me pareció bastante creepy.

¿Cómo podría dar la bienvenida al cambio de concepto del blog?, después de pensarlo un poco, y por el post pasado, pensé que lo ideal era recordar lo que pasó hace dieciocho años, así que busqué en wikipedia los hechos destacados de 1998. Fue curioso leerlos, porque no recordé mucho de lo que ahí estaba... seguramente andaba muy en la pendeja por ese tiempo, quizás clavado en la lectura de libros, quizá enamorado de las muchachas, o simplemente porque no había el bombardeo de la información que hoy tenemos.

Para empezar, en aquellos años todavía no existía el internet... miento, sí existía, pero no estaba tan popularizado como ahora, apenas empezaba. Casi estoy seguro que en 1998 mis padres nos compraron la primer computadora, una pentium III de las armadas, en la recién abierta Plaza de la Computación en el centro del DF. En aquel entonces usaba como navegador Netscape, y el buscador era el Altavista.
En Menlo Park, California, dos universitarios de Stanford, Larry Page y Serguéi Brin fundan la empresa Google. En Estados Unidos, Microsoft lanza a la venta Windows 98. 

También revisé los discos editados ese año, y ninguno me dijo nada, y es que casi no escucho música contemporánea, y no, no me estoy regodeando de eso, ni tampoco lamentando, sólo señalo esto porque siempre he sido así. En 1998 yo me dedicaba a descubrir la obra de J. S. Bach, luego de haber pasado un fuerte período escuchando boleros.

Por aquel entonces entré al taller de Creación Literaria del CCH Sur, y me enfrasqué en muchas lecturas teóricas, sobre todo del grupo μ, así como la obra de Flaubert, pero sobre todo de Julio Cortázar, empezando por Queremos tanto a Glenda.
Muere Germán List Arzubide, estridentista. Muerte también, el infrarealista Mario Santiago Papasquiaro, el Ulises Lima (de 2666 de Roberto Bolaño) de la vida real. Mueren también Octavio Paz y Frank Sinatra.

Creo que por aquel entonces todavía no me hacía afecto al cine, claro que había visto algunas cosas, sólo en tele, pero estarían por venir los grande ciclos de cine del Canal 11 del IPN, empezaban a las nueve de la noche, luego el noticiero, y terminaban a las tres de la mañana. Ese año creo que sólo fui al cine a ver la de Impacto Profundo, que luego imitó malamante Armageddon, del joven director M. Bay, el cual nueve años después tomaría la batuta del universo fílmico de Transformers.
Se estrenan Bichos de John Lasseter y Andrew Stanton, de Pixar, Hormigaz de Eric Darnell y Tim Johnson, aunque casi se puede decir que es una película de Woody Allen, e Impacto Profundo de Mimi Leder.
Para 1998 casi había concluido mi periodo de lecturas de los libros de Carlos Castaneda, después de haberla iniciado dos años antes. El furor que experimenté se había calmado y entraba en una etapa de sano escepticismo. Ni siquiera me enteré que ese año había muerto, pero si recuerdo haber visto por esos años un cartel anunciando una conferencia suya.
Muere Carlos Castaneda y desaparecen sus cinco seguidoras y amantes principales: Florinda Donner, Taisha Abelar, Patricia Partin, Kylie Lundahl y Talia Bey, para seguir un pacto de suicidio en el desierto. Solo se encontrará el cadáver de Patricia Partin, en febrero de 2006, en el Valle de la Muerte, California.
No recuerdo bien si tenía alguna consciencia política por aquel entonces, sólo sé que había pasado el error de diciembre, y que el país se lo había cargado la mala administración, que aún había efectos de la tremenda devaluación del peso, eso y que el asunto de Chiapas no se arreglaba. Un año después estallaría la huelga de la UNAM y yo no volvería a ser el mismo desde entonces.
El presidente Ernesto Zedillo destituye al secretario de gobernación, Emilio Chuayffet, responsable de la Matanza de Acteal. En Venezuela gana por primera vez las elecciones presidenciales Hugo Chávez. Jacobo Zabludovsky termina su noticiario 24 Horas tras más de 27 años al aire, Al día siguiente empieza su noticiero sucesor conducido por Guillermo Ortega
Lo más destacado de ese año, en el tema personal, fue el viaje que hice a Mazatlán, Sinaloa, al XVIII Encuentro de Jóvenes Escritores, duró una semana y la sede fue la biblioteca de la Universidad de Sinaloa, y nos alojamos en el hotel Playa Mazatlán de la zona dorada... fue una gran semana, sobre todo porque me la pasé totalmente alcoholizado y enamorado de una chiquilla, mucho más alta que yo, del estado de Zacatecas, pero luego les contaré en detalle esa historia, por ahora, cierro el post con un par de datos random de 1998.
Los Diablos Rojos del Toluca obtienen su cuarto título de liga al derrotar 5-2 (6-4 global) al Necaxa. El Mundial de Fútbol de 1998 se juega en Francia y ellos se llevan la copa, al derrotar 3-0 a Brasil. Concluye el fenómeno El Niño de gran intensidad que causó daños en varias regiones en el mundo
Y usted, ¿que estaba haciendo hace dieciocho años?





jueves, 22 de septiembre de 2016

Soñé contigo

Llevo semanas de mal sueño, estoy en otro de esos períodos malos. A veces tengo noches largas, despertando a cada rato; a veces noches cortas de sueño profundo, pero sin descanso. Y era de esperarse: anoche soñé contigo.

No lo voy a negar, me sentí culpable, aunque, no es la primera vez que apareces en mis sueños, pero siempre había sido una aparición fugaz, acaso una insinuación, un borrón en medio del marasmo; aunque es más frecuente que sueñe con las calles en las que vivías, o con el largo viaje nocturno que hacía por Periférico para regresar a casa.

En el sueño iba caminando con mi esposa y mis padres, entrabamos a un mercado y ahí estabas. El sueño no precisa como es que te acompañábamos a tu casa, sólo sé que ahí fuimos recibidos y luego tú y yo salimos a caminar.

Grabado de Luisa Estrada. Cerro del judío. 2013

No sé porque las calles de tu casa se quedaron en mí, las he soñado varias veces, casi siempre como eran de noche; por supuesto no son las mismas, hay cambios, variaciones y se mezclan con otras tomas de noche de calles que recuerdo: un paraje de Chilpancingo, Guerrero, pasajes de la casa de mis padres, caminos de la casa de mi infancia... pero dominan las calles empinadas y serpenteantes del alto cerro en que vivías.

Siempre salí muy noche de tu casa, apenas a tiempo para tomar los últimos camiones del transporte público y muchas veces tuve que bajar corriendo para alcanzarlos. Pero en mi sueño caminábamos tranquilamente, la noche no era esa celda silenciosa que a veces es, no había una amenaza agazapada en cada esquina. Todo lo contrario, era una noche tranquila, de cine, con colores resaltados, con luces en bokeh. Yo sabía que era más de las once de la noche, pero aún había gente en las calles.


Platicábamos mucho, pero no sé de qué, no lo recuerdo. Sólo sé que a ratos me sentía culpable, pensando en mi esposa dormida a mi lado y yo soñando contigo; también me sentía preocupado, pensando en mis padres, porque dentro del sueño ellos se habían quedado en tu casa y yo estaba yéndome, caminando a donde tomaría el último camión que atravesaría la noche del DF.

Se me pasa decir que en mi sueño estaba lloviendo un poco, quizás porque mientras dormía realmente estaba lloviendo y el sonido de la lluvia entró hasta mi sueño. Finalmente llegábamos a donde tenía que pasar el camión que me llevaría lejos, y llegó pronto, pero no nos despedimos, sólo sonreímos. Ya pasaría otro.


En silencio nos miramos y sonreímos. Entonces entendí lo que estaba pasando, no estaba soñando contigo, estaba soñando conmigo a mis dieciocho años.

Al menos los últimos dos años he estado sintiéndome mal, y eso cansa; por eso fue bonito verte, me recordaste una parte de lo que yo fui; recordé lo que puedo hacer, lo que puedo lograr; me recordaste que no siempre he sido esta persona débil, asustada y enojada.

En este último párrafo, me permití una digresión: estoy hablando conmigo mismo.





Cuando desperté, supe quién quién había ganado el concurso de cambio de nombre del blog: mi amiga Belinda (del Parnaso, y quién, paradójicamente, no bebe cerveza), con el tema 'Dobles Dieciocho'. Gracias a todos los que participaron, para todos ellos habrá paletas payaso o gomitas con vodka, no sé todavía.


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