viernes, 28 de octubre de 2016

¿Qué pasa cuando ves diez películas de terror sin parar?

Siempre he sido malo para la academia, mucho. En el CCH, allá por 1996, reprobé la materia de Historia Universal, y no porque fuera incapaz de memorizar fechas o hechos, sino porque no hacía los deberes. Entonces tuve que inscribir la materia en extraordinario, pero, un día antes de presentarlo, descubrí que había que resolver y entregar una guía... obvio no me presenté al examen.

Estuve arrastrando esa materia hasta que la pude inscribir en un curso sabatino. El maestro que la impartió era el típico maestro sustituto: hippiosón, cabello largo, lentes de carey, mochila y chaleco de cuero, jeans y botas.

Sí, sí vimos los temas de la materia, pero sólo los platicamos en clase, todo muy alternativo; nada más nos faltó tomar la clase afuera, sentados en el pasto... nunca dejó tarea, y para evaluarnos nos pidió un trabajo final: ver diez películas temáticas y escribir un ensayo.


Mi primer idea fue el anime. Como en aquellos años estaban en auge las convenciones de cómics, se habían vuelto accesibles muchas películas y series japonesas, y como mi gran amigo del CCH era fan de ellas, pensé que podría ser muy fácil hacer la selección, pero otro chico me ganó el tema.

Mi segunda idea, fue cine de autor. Como en aquellos años se habían puesto de moda cineastas como Krzysztof Kieślowski y Wim Wenders, por un momento pensé hacer mi trabajo sobre el Decálogo, de Kieślowski, pero el mismo profesor no me lo recomendó, estaría muy denso intentar hacer algo...




Un par de años antes, en 1993, cuando aún estaba en la secundaria, salió Jurassic Park, y con ella vino la dinomanía, si no estuvieron ahí, déjenme decirles que, de pronto, todo era dinosaurios; hubo varias exposiciones de dinosaurios robóticos (estos eran importados, luego el IPN se puso las pilas y empezó a hacer sus propios Lagartos Terribles para estas expos), ni se diga de los juguetes, y por supuesto hubo toda clase de publicaciones, cualquier revista aprovechaba el menor pretexto para poner un saurio en su portada.

Un día, saliendo de la secundaria, vi una revista que me llamó mucho la atención, pero tuve que esperar unos días para reunir el dinero y poder comprarla (¡que tiempos aquellos!). Me gustó bastante la revistilla y me hice fan, afortunadamente no fue difícil que el señor de los periódicos la llevara, así, mes a mes, empecé a entrar al mundo de Fangoria.


Se trataba de la edición española de Fangoria de USA, en ella aprendí muchas cosas de cine, de efectos especiales, de los grandes maestros del terror, del cine B, de los monstruos de la Hammer, etc... Era 1993, en internet apenas aparecía el primer visualizador gráfico de páginas web: Mosaic, el antecesor de Netscape, o sea, básicamente, la web no existía como un medio conocido, así que estas revistas eran oro puro para los que ansiábamos ñoñear.




Mi tercer idea, fue cine de terror. Como en aquellos años ya había leído varios números de Fangoria, rápidamente pude armar una lista de diez películas representativas del género para proponerlas, el profesor inmediatamente me dio luz verde.

Recapitulando, en 1997 no había internet, estaba chavo y no tenía dinero, ni expertise como para lanzarme a Tepito, además, las cintas piratas podían resultar todo un albur, casi siempre eran de mala calidad, ¿cuál era la opción?

Así es, el Videocentro fue la opción, y pues ante la oferta, la demanda tuvo que ajustarse, mi impecable lista de diez películas representativas del género se redujeron a las películas de terror que estuvieran disponibles. Pero además, tampoco tenía dinero para rentar diez cintas VHS, y es más, creo que ni te daban chance de hacer eso.

Pasó casi una semana en lo que conseguí el dinero para la inscripción al Videocentro, mientras, aproveché para revisar con que títulos contaba. Además, pregunté a un par de amigos si tenían alguna cinta de terror que pudieran prestarme. Por otro lado, yo tenía algunas películas que había grabado de la televisión (dios, ¡que tiempos aquellos!). No estoy seguro, pero quizá sólo renté unas seis películas.


Empecé a ver las películas un jueves por la tarde, pero arranqué con una mini serie: The Stand, de Stephen King, duraba algo así como seis horas, aunque ya la había visto cuando la pasaron en el canal cinco, y de donde la grabé en VHS, quería tenerla fresca para mi trabajo. Terminé de verla esa madrugada, con un intermedio para ver otra película, una corta, que también había grabado de la tele: Serial Mom, con Kathleen Turner, dirigida por John Waters.

Sé que vi dos películas de Hitchcock, una de ellas fue la clásica Psycho, y alguna otra, que, debido a la abultada cinematografía del director me hace bastante difícil reconocer cual fue.

Estoy seguro que vi The Shining, de Stanley Kubrick. También un par de películas de hombres lobo, quizá más, un de ellas fue The Howling, de Joe Dante. También vi una de las películas de serie B de la Full Moon Productions, el clásico Puppetmaster.

Por falta de películas atractivas en el Videocentro terminé por ver Scream, de Wes Craven, no quería incluirla porque, según yo, vulgarizaba mi erudito gusto (¿qué?, ¡tenía 17 años!, por suerte se me quitó lo mamoncito, verdad?), pero al final sirvió para representar el futuro del género.

Recuerdo, casi con certeza, haber visto las siete películas mencionadas, aunque, como ya dije, creo que vi una más de Hitchcock o una más de hombres lobos, y quizá, alguna clásica de los monstruos de la Universal, Frankenstein o Drácula, aunque también es posible que haya visto alguna de Fredy Krueger o Jason Voorhees. En este punto habían pasado casi tres días seguidos viendo películas de terror, desde el jueves en la tarde y hasta el sábado en la noche. Sí, antes de que se pongan a gritar 'espurio' a lo menso, obvio hice otras cosas, como comer, dormir, ir a clases y así.

Sin embargo, casi todo el sábado estuve terminando de ver las películas, pero en la noche, quise ayudar a mi madre a preparar la cena, también para distraerme un rato. Ella me pidió que picara jitomate. Fui al refrigerador y encontré la bolsa de jitomates. La saqué, quise abrirla, pero el nudo estaba muy ajustado. Tomé el cuchillo con el que iba a picar los jitomates. Levanté la bolsa de los jitomates y empecé a picarla una y otra vez. Una y otra vez.


#TrueStory, amigos, neta, neta, neta. Agarré a cuchillazos a la inocente bolsa de los jitomates... aunque sólo fueron como tres cuchilladas. Me detuve azorado y bajé el cuchillo, por fortuna nadie de la familia me había visto... me reí un poco (yo creo que de nervios), y seguí picando el jitomate, como si nada.

Al otro día me levanté muy temprano y empecé a hacer mi trabajo, ¡en máquina de escribir!, recuerdo que me apoyé en bastantes citas de Fangoria, eso sí, ninguna plagiada (pensé, me voy a ver muy tonto si me adjudico algo, va a ser muy obvio que eso no es mío), así como de un pequeño diccionario Larousse de psicología (que todavía anda en casa de mis padres). Muchas veces me he lamentado no haber sacado fotocopias del trabajo, no tanto por la posible calidad de él, sino para recordar bien esa decena de películas que me hicieron destripar esa pobre bolsa de jitomates.



miércoles, 26 de octubre de 2016

La historia de miedo más rara que me han contado.

A finales de 1997 conocí el mar por primera vez, un amigo nos invitó a mí y unos amigos. Como su familia era de la costa sur de Guerrero nos ofreció alojamiento y comida, prácticamente gratis.

Entrada a Chautengo sobre la carretera costera.

Estuvimos varios días en la localidad de Chautengo, del municipio Florencio Villarreal, Guerrero (casi llegando a Pinotepa Nacional, Oaxaca). El principal atractivo del lugar es la enorme laguna que hace contacto con mar abierto.



En aquellos años Chautengo era un pueblo pequeñísimo, prácticamente sólo tenía una calle y no contaba con infraestructura turística, ni siquiera cabañas, acaso, en semana santa, viajaban un par de camiones con turistas que acampaban sobre la playa.

Nosotros nos hospedamos en la única casa construida con tabiques y cemento, las demás eran de abobe y palma; todos ahí eran tan pobres que comían pescado diario... pues sólo bastaba con ir a la laguna y con algo de paciencia sacaban una par de peces.



Para ir a la playa, había que tomar una lancha que rodeaba toda la laguna. Uno de esos días nos quedamos hasta que oscureció y el regreso lo hicimos de noche, sólo iluminados por la luna llena. En la ciudad no somo capaces de notar la diferencia, ahí, en medio de la negra laguna, conocí la luz de luna, azul, cerosa, densa.

En ese viaje nos contaron algunas de las historias locales de miedo, ya no recuerdo todas, pero una quedó en mi mente, por lo extraña y casi ridícula, es muy sencilla:

No debes caminar solo de noche, como lo hacen los borrachos, porque se te puede aparecer un enorme coche (puerco, chancho, cerdo, etc.), sin cabeza, degollado, con zapatillas rojas de mujer, con collares y moños, y te dirá de groserías, te mentará la madre, insultará a toda tu familia, te dirá muchas cosas feas.

Así como a ustedes, esto me pareció ridículo, totalmente carente de espanto, eso sí, muy extraño, muy campirano, muy de pueblo. Nada que ver con las pesadillas de aparecidos en la urbe, ese puerco, carente de todo peligro, no tiene la amenaza mortal de un tétrico payaso, o el mudo terror de una sombra con los ojos más negros que la noche.

Finalmente llegamos a la otra orilla del lago, descendimos de la lancha y emprendimos el camino a la casa, que era un trecho como de dos kilómetros. El grupo se dividió en parejas y yo quedé hasta atrás con mi amigo, el que nos había invitado. Empezamos a comentar las historias que nos habían contado y llegamos a la de la cerda, nos burlábamos de ella cuando nos dimos cuenta que habíamos quedado un tanto rezagados del grupo, y unos metros más adelante, en una curva del camino, los dejamos de ver por un momento.

De pronto estuvimos solos, únicamente iluminados por la luna llena, con el susurro interminable del agua como fondo. Las plantas, los matorrales, parecían más vivos, conscientes, casi amenazantes. Entonces lo vimos, imaginamos lo que sería una visión así, un enorme cerdo, maloliente, sin cabeza, escurriendo sangre por el cuello, pero de pie, moviéndose y gritando groserías, con una voz como el sonido que sale de una cabeza que está siendo degollada. Diciendo maldiciones, no sólo groserías, no sólo mentadas de madre, sino blasfemias de tu vida, de tus seres queridos, de tus fallecidos; con su ropa de mujer, con sus adornos titilando, brillando.

No había una amenaza mortal, nada de correr perseguido por un payaso armado con un cuchillo, nada de quedarse seducido por un vampiro. Sólo la aparición de algo anormal, de algo asqueroso e imposible. ¿Qué harías?, nada, sólo escapar, tratar de anular, de borrar esa visión, y luego, siempre conservando el miedo de volverla a ver, apenas cayendo la tarde, sabrías que ella andaría por ahí, esperando a su siguiente víctima.

Mi amigo y yo nos dimos cuenta de todo esto y corrimos un poco para alcanzar al grupo, ellos iban platicando como si nada.

¿A usted que es lo más raro que le ha dado miedo?

Perdóoooon, es que no le manejo el photoshop!


UPDATE: el señor Usagi, en Facebook, me indicó que esta historia es muy conocida en Guerrero, se le conoce como "La cucha con zapatillas", además mencionó otras como "La gallina con pollos", "Los Chanques" y "El amigo" (el mismísimo chamuco), espero se anima a contarlas un día..

martes, 18 de octubre de 2016

Los tres libros que marcaron mi vida

En el 2011, cuando Peña Nieto todavía ni siquiera era el candidato oficial, fue a la feria del libro en Guadalajara, a presentar uno de esos libros que les escriben para presentar su visión. El caso es que en rueda de prensa, le preguntaron cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Todos sabemos qué pasó.

Respondió una serie de absurdos... y las redes sociales explotaron para hacer escarnio, pero más adelante el asunto evolucionó en otras formas, las más significativas consistieron en señalar que en México el promedio de lectura era muy bajo, que no se necesita ser intelectual para manejar un país, que los que sólo leían best sellers no tenían la calidad moral para criticar, y por último, la gente elaboró sus propias listas de tres libros.


Entonces, muchos hicieron sendas listas, que Svetlana Aleksiévich, que yo Erich Auerbach, que François-René de Chateaubriand fue fundamental en su infancia... también estuvieron los que juraron que Octavio Paz le había salvado la vida, que Benedetti les había curado el  corazón, que Sor Juana los había conmocionado a tal punto que se habían querido enclaustrar...

Pero lo que en realidad estaban haciendo era un catálogo de afinidades estéticas al momento, un auto de fe de buen gusto, y no una verdadera confesión sobre los libros que los había prefigurado, que los había cambiado, aún cuando el libro fuera algo vergonzoso. Yo por eso me reservé la diatriba, y de hecho, durante muchos años no me decidía por hacer la lista, hasta este año, una amiga lo comentó en algún lado y empecé otra vez a pensar en eso.

Desde el principio tuve muy claro uno de los libros, los otros dos tuve que pensarlos muy bien, porque, como ya dije, era muy fácil caer en los esteticismo, por ejemplo, pensé en un librito de Haiku, muy sencillo, editado por Plaza y Janes, que me regaló una novia, y aunque la poesía y literatura japonesas me gustan mucho, y hasta me animaron a estudiar japonés un tiempo, mi amor a Nippon existe desde mi más tierna infancia, cuando jugaba con mi hermana a la ceremonia del té, así que ese libro quedó fuera.

O por ejemplo, los libros de cuentos de terror. Creo que tengo una colección respetable, me gustan mucho y durante un buen tiempo me dediqué a su estudio, pero no por ello me visto de vampiro o hago jaculatorias a Cthulhu en Twitter. También pensé que podría poner el primer libro que leí, -La Isla Misteriosa de Julios Verne- aduciendo que gracias a él me atrapó la lectura, pero estaría mintiendo, la lectura me atrapó con los cómics de la Pantera Rosa.

Otro elemento a considerar es la limitante de la cantidad, es decir, la vida de un hombre no se puede reducir a sólo tres libros (bueno, en el caso de Peña Nieto, no llega ni a un libro), por supuesto que habrá muchos, muchos más que nos hayan influenciado durante nuestra vida. Eso sin entrar en las vicisitudes de considerar qué es 'influencia'. Por eso las consideraciones que tomé fueron: no incurrir en el error de poner mis libros favoritos y elegir libros cuya influencia, de algún modo, aún sea vigente.




Catálogo de la exposición México, esplendores de treinta siglos.


En 1992 se presentó la exposición México. Esplendores de Treinta Siglos en una o dos ciudades de USA, después vino a México pero incompleta (por motivos legales de posesión de las piezas). Pero afortunadamente contó con un catálogo con todas las piezas expuestas originalmente. Mis padres lo compraron vía telemercadeo, llegó protegido por plástico burbuja dentro de una caja de cartón; fue toda una ceremonia abrirlo, mi madre, mi hermana y yo lo hojeamos con detenimiento; ahí, en ese momento surgió mi pasión por las ediciones cuidadas y las fotografías soberbias de Michael Zabé, nacería también el implacable gusto por la escultura prehispánica, por el barro moldeado, pero sobre todo, por la policromía teotihuacana.

Durante mucho el tiempo el libro estaría bien cuidado, hasta que empecé a consultarlo y leerlo, un poco a escondidas, y así es como realmente aprendí historia, así es como conocí los movimientos culturales y políticos de México, entendí y ordené las culturas prehispánicas, los tiempos de la colonia, los procesos de las guerras en México, y la construcción de la identidad de México. Gracias a este libro, cuando visité otros museos, como el de San Ildefonso, el Nacional de Arte, el de Bellas Artes o el Nacional del Virreinato sabía lo que estaba mirando sin necesidad de leer las fichas.




El arte de ensoñar de Carlos Castaneda


Castaneda fue uno de esos escritores que empezaron todo el relajo del new age, aunque el primer libro se dice fruto de una investigación antropológica no es una investigación seria, y aunque hable de un linaje tolteca nada tiene que ver con la toltecayotl estudiada por la antropología y arqueología mexicana. Los libros de Carlos Castaneda son un tutti frutti de filosofías orientales, caballería medieval y chamanismo occidental de la parte norte del continente americano.

Mi gran amigo del CCH me dio a leer, en 1996, El Arte de Ensoñar, y a partir de ahí, tomé una senda que no tendría vuelta nunca. Inicié el ensueño por cuenta propia y con mucha disciplina, según las indicaciones del libro. El resultado fue desastroso... no sólo logré experimentar muchas cosas, sino que empecé a ponerme paranoico.


En aquellos años leí toda la obra de Castaneda, acuciado por una la gran duda: ¿es esto real? Por supuesto en aquellos años todavía tenía mucha inclinación a creer que esto era posible, pero todo perdía credibilidad al pensar que una gran verdad no podía estar tan expuesta. Hasta que un día, gracias al mismo amigo que me dio a leer estos libros, terminé por aceptar que todo era pura estafa, y así entré, de golpe, a un sano escepticismo.

Sin embargo quedan muchas cosas de esta literatura en mí, de hecho, buena parte de mi motor moral se debe al camino del guerrero, a la idea de ser impecable antes todo, de sólo recorrer un camino que tiene corazón. Muchas de estas ideas tienen su origen en el budismo, por eso, cuando tomé ese camino, encontré fácil resonancia con mi forma de pensar. Por último, debo reconocer otra enseñanza: que existe una realidad aparte, porque, ¿qué sentido tendría vivir esta vida sin misterios?




Rayuela de Julio Cortázar.


Hace 18 años, cuando fui a un evento de jóvenes escritores en Mazatlán, Sinaloa, un chico mayor que yo, me preguntó que autor era mi favorito, contesté que era Cortázar, y él, como mirando al horizonte, respondió -sí, estás en la edad. Por supuesto que su comentario me molestó, principalmente por la petulancia y aire de superioridad con la que habló, pero también temí que un día Cortázar dejara de decirme algo, dejara de parecerme cautivante.

Este fue el regalo del cumpleaños diecisiete de mis padres y es, quizás, uno de los libros que más he releído en mi vida. Julio Cortázar lamentablemente fue reducido, gracias a Facebook, a un escritor de frases románticas, tan trágicas que parecen de amor adolescente, borrando de golpe toda su angustia existencial, su compromiso con América Latina y la mística del realismo mágico.

Rayuela para mí fue un libro de cabecera, una especie de horitas (libro de horas); hallaba en su lectura toda clase de pasajes, de posibilidades, de propuestas... un día empecé a pintar el libro, a escribir algún haiku al borde de las hojas, empecé a crear mi propio laberinto... Hasta que, después de la fiesta de mi cumpleaños 30, olvidé el libro en un camión (aunque iba sentado sobre él -justo como Johnny Carter perdió su sax, en El Perseguidor, del mismo autor), y aunque pude regresar por él, lo dejé ir.

Todavía conservo un par de cosas de Rayuela, como el capitulo 68, que habla del cerebro y su química, ¿quién soy yo?, ¿yo o la química en mi cerebro?; también la determinación de la no acción; Talita y Traveler como arquetipo de la pareja; así como el concepto de Wong sobre la destrucción de la inteligencia y el Zen, de hecho, por esto último, es que decidí no convertirme en un intelectual, olvidar todo y mirar con ojos de ciego.




¿Y ustedes?, ya, sin poses, ni presumir, ¿cuáles fueron los libros que marcaron su vida?



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lunes, 3 de octubre de 2016

Hace dieciocho años

Con este post presento la nueva identidad del blog, que durará un año. El tema ganador fue: Dos Veces Dieciocho, propuesto por mi amiga Beli, ganando así un par de cervezas Lágrimas Negras, aunque al parecer todavía no está enterada, pero con este post se hará el aviso oficial.

No está de más explicar el concepto elegido. Matemáticamente hablando, dos veces 18, es igual a 36. Y ya que los 18 años son una edad significativa, por considerarse la mayoría de edad, símbolo de independencia y frontera de la vida adulta, cobró sentido. También me interesó el concepto propuesto que, estadísticamente hablando, los 36 años marcaban la mitad de mi vida, pero al final me pareció bastante creepy.

¿Cómo podría dar la bienvenida al cambio de concepto del blog?, después de pensarlo un poco, y por el post pasado, pensé que lo ideal era recordar lo que pasó hace dieciocho años, así que busqué en wikipedia los hechos destacados de 1998. Fue curioso leerlos, porque no recordé mucho de lo que ahí estaba... seguramente andaba muy en la pendeja por ese tiempo, quizás clavado en la lectura de libros, quizá enamorado de las muchachas, o simplemente porque no había el bombardeo de la información que hoy tenemos.

Para empezar, en aquellos años todavía no existía el internet... miento, sí existía, pero no estaba tan popularizado como ahora, apenas empezaba. Casi estoy seguro que en 1998 mis padres nos compraron la primer computadora, una pentium III de las armadas, en la recién abierta Plaza de la Computación en el centro del DF. En aquel entonces usaba como navegador Netscape, y el buscador era el Altavista.
En Menlo Park, California, dos universitarios de Stanford, Larry Page y Serguéi Brin fundan la empresa Google. En Estados Unidos, Microsoft lanza a la venta Windows 98. 

También revisé los discos editados ese año, y ninguno me dijo nada, y es que casi no escucho música contemporánea, y no, no me estoy regodeando de eso, ni tampoco lamentando, sólo señalo esto porque siempre he sido así. En 1998 yo me dedicaba a descubrir la obra de J. S. Bach, luego de haber pasado un fuerte período escuchando boleros.

Por aquel entonces entré al taller de Creación Literaria del CCH Sur, y me enfrasqué en muchas lecturas teóricas, sobre todo del grupo μ, así como la obra de Flaubert, pero sobre todo de Julio Cortázar, empezando por Queremos tanto a Glenda.
Muere Germán List Arzubide, estridentista. Muerte también, el infrarealista Mario Santiago Papasquiaro, el Ulises Lima (de 2666 de Roberto Bolaño) de la vida real. Mueren también Octavio Paz y Frank Sinatra.

Creo que por aquel entonces todavía no me hacía afecto al cine, claro que había visto algunas cosas, sólo en tele, pero estarían por venir los grande ciclos de cine del Canal 11 del IPN, empezaban a las nueve de la noche, luego el noticiero, y terminaban a las tres de la mañana. Ese año creo que sólo fui al cine a ver la de Impacto Profundo, que luego imitó malamante Armageddon, del joven director M. Bay, el cual nueve años después tomaría la batuta del universo fílmico de Transformers.
Se estrenan Bichos de John Lasseter y Andrew Stanton, de Pixar, Hormigaz de Eric Darnell y Tim Johnson, aunque casi se puede decir que es una película de Woody Allen, e Impacto Profundo de Mimi Leder.
Para 1998 casi había concluido mi periodo de lecturas de los libros de Carlos Castaneda, después de haberla iniciado dos años antes. El furor que experimenté se había calmado y entraba en una etapa de sano escepticismo. Ni siquiera me enteré que ese año había muerto, pero si recuerdo haber visto por esos años un cartel anunciando una conferencia suya.
Muere Carlos Castaneda y desaparecen sus cinco seguidoras y amantes principales: Florinda Donner, Taisha Abelar, Patricia Partin, Kylie Lundahl y Talia Bey, para seguir un pacto de suicidio en el desierto. Solo se encontrará el cadáver de Patricia Partin, en febrero de 2006, en el Valle de la Muerte, California.
No recuerdo bien si tenía alguna consciencia política por aquel entonces, sólo sé que había pasado el error de diciembre, y que el país se lo había cargado la mala administración, que aún había efectos de la tremenda devaluación del peso, eso y que el asunto de Chiapas no se arreglaba. Un año después estallaría la huelga de la UNAM y yo no volvería a ser el mismo desde entonces.
El presidente Ernesto Zedillo destituye al secretario de gobernación, Emilio Chuayffet, responsable de la Matanza de Acteal. En Venezuela gana por primera vez las elecciones presidenciales Hugo Chávez. Jacobo Zabludovsky termina su noticiario 24 Horas tras más de 27 años al aire, Al día siguiente empieza su noticiero sucesor conducido por Guillermo Ortega
Lo más destacado de ese año, en el tema personal, fue el viaje que hice a Mazatlán, Sinaloa, al XVIII Encuentro de Jóvenes Escritores, duró una semana y la sede fue la biblioteca de la Universidad de Sinaloa, y nos alojamos en el hotel Playa Mazatlán de la zona dorada... fue una gran semana, sobre todo porque me la pasé totalmente alcoholizado y enamorado de una chiquilla, mucho más alta que yo, del estado de Zacatecas, pero luego les contaré en detalle esa historia, por ahora, cierro el post con un par de datos random de 1998.
Los Diablos Rojos del Toluca obtienen su cuarto título de liga al derrotar 5-2 (6-4 global) al Necaxa. El Mundial de Fútbol de 1998 se juega en Francia y ellos se llevan la copa, al derrotar 3-0 a Brasil. Concluye el fenómeno El Niño de gran intensidad que causó daños en varias regiones en el mundo
Y usted, ¿que estaba haciendo hace dieciocho años?





jueves, 22 de septiembre de 2016

Soñé contigo

Llevo semanas de mal sueño, estoy en otro de esos períodos malos. A veces tengo noches largas, despertando a cada rato; a veces noches cortas de sueño profundo, pero sin descanso. Y era de esperarse: anoche soñé contigo.

No lo voy a negar, me sentí culpable, aunque, no es la primera vez que apareces en mis sueños, pero siempre había sido una aparición fugaz, acaso una insinuación, un borrón en medio del marasmo; aunque es más frecuente que sueñe con las calles en las que vivías, o con el largo viaje nocturno que hacía por Periférico para regresar a casa.

En el sueño iba caminando con mi esposa y mis padres, entrabamos a un mercado y ahí estabas. El sueño no precisa como es que te acompañábamos a tu casa, sólo sé que ahí fuimos recibidos y luego tú y yo salimos a caminar.

Grabado de Luisa Estrada. Cerro del judío. 2013

No sé porque las calles de tu casa se quedaron en mí, las he soñado varias veces, casi siempre como eran de noche; por supuesto no son las mismas, hay cambios, variaciones y se mezclan con otras tomas de noche de calles que recuerdo: un paraje de Chilpancingo, Guerrero, pasajes de la casa de mis padres, caminos de la casa de mi infancia... pero dominan las calles empinadas y serpenteantes del alto cerro en que vivías.

Siempre salí muy noche de tu casa, apenas a tiempo para tomar los últimos camiones del transporte público y muchas veces tuve que bajar corriendo para alcanzarlos. Pero en mi sueño caminábamos tranquilamente, la noche no era esa celda silenciosa que a veces es, no había una amenaza agazapada en cada esquina. Todo lo contrario, era una noche tranquila, de cine, con colores resaltados, con luces en bokeh. Yo sabía que era más de las once de la noche, pero aún había gente en las calles.


Platicábamos mucho, pero no sé de qué, no lo recuerdo. Sólo sé que a ratos me sentía culpable, pensando en mi esposa dormida a mi lado y yo soñando contigo; también me sentía preocupado, pensando en mis padres, porque dentro del sueño ellos se habían quedado en tu casa y yo estaba yéndome, caminando a donde tomaría el último camión que atravesaría la noche del DF.

Se me pasa decir que en mi sueño estaba lloviendo un poco, quizás porque mientras dormía realmente estaba lloviendo y el sonido de la lluvia entró hasta mi sueño. Finalmente llegábamos a donde tenía que pasar el camión que me llevaría lejos, y llegó pronto, pero no nos despedimos, sólo sonreímos. Ya pasaría otro.


En silencio nos miramos y sonreímos. Entonces entendí lo que estaba pasando, no estaba soñando contigo, estaba soñando conmigo a mis dieciocho años.

Al menos los últimos dos años he estado sintiéndome mal, y eso cansa; por eso fue bonito verte, me recordaste una parte de lo que yo fui; recordé lo que puedo hacer, lo que puedo lograr; me recordaste que no siempre he sido esta persona débil, asustada y enojada.

En este último párrafo, me permití una digresión: estoy hablando conmigo mismo.





Cuando desperté, supe quién quién había ganado el concurso de cambio de nombre del blog: mi amiga Belinda (del Parnaso, y quién, paradójicamente, no bebe cerveza), con el tema 'Dobles Dieciocho'. Gracias a todos los que participaron, para todos ellos habrá paletas payaso o gomitas con vodka, no sé todavía.


martes, 30 de agosto de 2016

Diez años en blogger

Hace once años estaba en la fiesta de fin de año del trabajo que tenía entonces, fue una auténtica bacanal, pero yo estaba sólo... después de un rato de aburrirme tomé el teléfono y llamé a varios amigos, pero ninguno estaba disponible para ir.

Una de las amigas a las que hablé era un ex compañera de un taller de creación literaria, varios años más chica que yo. Me dijo que ahora tenía un blog, me dio la dirección que anoté (mal) en una hoja, y luego volví a la fiesta, a penar en solitario, a seguir bebiendo, ¡cómo bebí esa noche!, la tina del baño estaba llena de cervezas, nadando en trozos de hielo.

Días después encontré la nota de la dirección del blog, intenté entrar, pero la había anotado mal. Por supuesto hace diez años no había tantas redes sociales, y todavía no se alcanzaba la velocidad vertiginosa de comunicación, así que pasó un buen tiempo para pedir de nuevo la dirección.

La Trompetista de Falopio

Todavía por entonces me consideraba escritor, trataba de seguir todo el ritual, ya saben, escribir mucho, fabular, leer, dolerme por la vida, etc. Sabía de que iban los blogs y no los consideraba un espacio serio para mis sagradas letras *risas grabadas*.

La Trompetista de Falopio me insistió un poco para que abriera mi blog, pero ante la incapacidad para definir un tema, personaje o línea pasaron meses, hasta que un día, mucho tiempo después de aquella llamada en medio de la fiesta de fin de año, abrí el primer blog, bajo la personalidad que percibía la Trompetista en mí: el señor chiquito.

De aquel blog sólo quedan las entradas, pero nada del diseño, incluso, cambié la dirección... sucedió en uno de esos momentos de re definición, uno de esos volantazos de la vida que se metaforizan en un loco corte de cabello, la ruptura de una relación, o un cambio de blog.


Nació entonces Daremo no uchi, la casa de nadie, que vivió poco, porque llegué a la crisis de los treinta, di otro volantazo y aquí estamos.

Pero además, también, hace ya casi siete años abrí otro blog, el de Transformers, el cual se volvió un proyecto mucho más cuidado y elaborado que mi blog personal, lo que afectó negativamente, pues en más de una ocasión olvidé completamente este espacio. De hecho durante todo el 2014 no hubo una sola entrada.


Generalmente el blog tomaba vida cada que se acercaba mi cumpleaños, pero hace unos meses (no estoy seguro de cuánto tiempo) empecé a comentar en la plataforma Disqus y conocí gente que me animó a retomar el trabajo del blog, además de que empecé a colaborar en un antrillo bloguero de baja estofa, pero buen ambiente, lo que me ha obligado a terminar mis escritos más rápido.

Además, una persona se interesó en el blog, lo que me halagó, pero también sentí un poco de curiosidad y fui a leer mis viejos post; sentí una pena terrible por todos los errores, gazapos, dedazos, faltas de concordancia... digo, no soy un master de la gramática, pero sé reconocer un error evidente. Eso también me animó a retomar el espacio, y hacerlo con más cuidado.

Muchos de los errores se deben a que escribo de noche, robándole horas al sueño... porque de día soy un oficinista promedio, eficiente, eso sí, pero de noche me convierto en este pobre monito aporreateclas, bloguero de petatiux.


Yo que al principio no tomé en serio la plataforma, hoy estoy aquí, escribiendo esto a la una de la mañana. Después de diez años, Blogger se volvió la única plataforma para mostrar mis letras. No me considero ya un escritor, no creo que vaya a serlo, pero aquí estamos.

Últimamente me he preguntado que pasará con este lugar en el futuro, imagino a mis hijos (si es que tengo), o a mis sobrinas, leyendo estas letras, cuando ya sean grandes, quizá buscando entender algo.

Me gusta escribir, no sé para qué, no sé para quién. Al menos dota de sentido a mis noches, me separa un poco de la irrealidad de la existencia, que a veces me agobia. Gracias Blogger.


lunes, 22 de agosto de 2016

Soundtrack de mi vida V.II. Año 1, 1980

Hace seis años realicé el proyecto 'Soundtrack de mi vida'. Creo que no es necesario explicar mucho de que iba: una canción por cada año de mi vida, que en ese momento haya sido significativa.


Pero, el verdadero proyecto fue reconstruir mi vida, para lo cual hice una matriz, en la que alimenté en orden cronológico aspectos claves, estructurados en los siguientes ejes.
  • Casa.- Lugares que habité.
  • Academia.- Escuelas y grados cursados.
  • Curriculum.- Trabajos asalariados.
  • Curriculum 2.- Gustos, aficiones e intereses ejercidos.
  • Girls.- Los amores.
  • Amigos.- Los amigos que más frecuenté.
  • Canción.- La canción correspondiente al año.

Lo más importante que descubrí es que no tenía claro mi pasado; al ordenarlo revelé que ciertos episodios habían cambiado de orden en mi memoria, y la duración de estos difería de mi recuerdo, extensas sagas en realidad duraron meses, otros, almacenados casi como fugaces, duraron años.

Perdoné algunas cosas, estimé mejor otras, en suma, hallé algo de paz.

Aunque la intención fue mantener actualizada la matriz, la cercanía de las cosas impide valorizar adecuadamente, pero ya han pasado seis años, creo que es posible hacerlo, además, agregaré otros temas, que ya serán revelados en su momento.




Año 1, 1980. Muy despacito - Pedro Infante


Nunca se me ocurrió preguntarle a mi madre qué canción recordaba más del año en que me estaba gestando. Hace rato tomé el teléfono y le pregunté, sin mucha esperanza, porque creí que era altamente probable que no recordara nada en particular.

Me respondió sin dudar, aunque su explicación no entrañaba ningún misterio, sólo me dijo: -no sé, la tenía muy presente, la cantaba mucho.

A ella siempre le ha gustado cantar, especialmente boleros y algunos boleros rancheros. La imaginé perfectamente escuchando esta canción, tocada en la consola que teníamos en la casa, incluso mi mente trajo a mí una caja de discos de Pedro Infante que le regaló mi padre, cuando mi hermana nació.



Con esta canción comienzo las publicaciones rumbo a mi cumpleaños, ya que justo hoy faltan treinta y seis días para cumplir treinta y seis años.

viernes, 19 de agosto de 2016

Me gusta caminar

Me gusta caminar, me gusta mucho caminar mucho. Creo que tiene que ver con las visitas al pueblo de mi abuela materna, en Amanalco de Becerra, en el estado de México. Para llegar hasta su casa la única forma era caminar desde la terminal de autobuses. Y no en línea recta, ni pavimento, sino subiendo un cerro a través de un camino que cambiaba cada tanto. De niños, mi hermana y yo odiábamos ese camino, era un martirio, sobre todo en verano, con la lluvia se volvía un sendero resbaloso y las caídas eran constantes.


Al paso de los años, nos fuimos acostumbrando, y finalmente, logramos conectar con ese modo de andar; un día, ya adolescentes, nos dimos cuenta que nos gustaba andar rápido, recio, como decía mi abuela; y entonces empezamos a quejarnos que amigos o compañeros de banqueta, parecían caminar en cámara lenta.

Nunca he tenido la intención de comprar un auto para moverme en la ciudad, estoy convencido que el mejor medio es el transporte público (a pesar de sus deficiencias), además de caminar. Camino cada que puedo, si la distancia es corta, digamos dos estaciones de metro estándar, y tengo el tiempo disponible, camino.

Pero he hecho algunas caminatas notables, por dos razones, su extensión, o las circunstancias bajo las que las hice. He aquí, la historia de alguna de ellas.




Tlalcoligia - Caseta Tlalpan


6 km, tiempo indefinido. Agosto de 1998. A menos de un mes de cumplir los dieciocho años tuve mi primer borrachera, además de que esa fue la segunda vez que tomé alcohol. La fiesta fue en la casa de un maestro de un taller de creación literaria, creí que nos daría asilo, pero a eso de las nueve de las noche nos sacó. Éramos un grupo de no más de cinco jóvenes escritores, todavía muy mareados nos dirigimos a una panadería, y con el poco dinero que teníamos compramos un pan, para tratar de aminorar la borrachera.

No funcionó, y con la euforia del alcohol comenzamos a caminar. No recuerdo cómo o porqué, sólo sé que un compañero y yo decidimos irnos caminando a Acapulco... en mi delirio alcohólico calculé que llegaríamos al amanecer. Google Maps no me permite calcular el viaje caminando, supongo porque es una autopista; yo no recuerdo cuándo tiempo hicimos, sólo sé que al llegar a la caseta estábamos muy cansados. También recuerdo que el amigo con el que fui llevaba una pequeña gallina de plástico, un juguete de los huevos kinder, y en algún momento la tiramos y estuvimos un buen rato buscandola. No la encontramos.

Pasamos la noche a un lado de los baños de la caseta; hacía un frío tremendo y casi caímos en hipotermia, nos vimos en el espejo del baño y estábamos más que pálidos, blancos; ambos somos muy morenos. Buscamos monedas en la mochila y pudimos comprar una sopa maruchan. A las cinco de la mañana empezaron a pasar los primeros microbuses, nos colamos en uno y viajamos de mosca hasta el metro Taxqueña.




Ciudad Universitaria - Tlatelolco


17.8 km, tres horas. 2 de octubre de 1999. Durante la huelga de la UNAM se realizaban maratónicas asambleas generales, en ellas, se votaban los acuerdos, para votar, la escuela sede hacía los votos, casi siempre de cartón; para la asamble previa al dos de octubre, la escuela sede fue Filosofía y Letras (tenía uno de los auditorios más grandes), e hicieron unos votos circulares, con platos... a la hora de la votación sobre el origen de la marcha del 2 de octubre, hubo muchos votos falsos. ja!

Previo a la marcha me había ausentado del movimiento por enfermedad y en la mañana del dos de octubre, enfrente de la rectoría de Ciudad Universitaria, varios amigos me vieron con sorpresa: había empezado a usar lentes.

Caminamos bastante rápido, creo que ir en grupo nos animó y evitó que nos rindiéramos al cansancio, Google dice que la distancia se recorre en tres horas y cuarenta y cinco minutos, nosotros hicimos tres. Fue una de las marchas con más asistencia, y al paso sumábamos contingentes y mucho apoyo. Ese día se vendieron las dos toneladas de cebolla que le habían regalado al movimiento en la central de abastos como apoyo. También leí algo que escribí en el templete de la manifestación, casi al final, cuando ya no quedaban más que los viejos vecinos y sobrevivientes, que cada año asisten.




Mixcoac - Polanco


10 km, dos horas. Septiembre de 2009. Luego de haber estado más de medio año sin trabajo, y otro medio año en un lugar con pésimas condiciones laborales, conseguí un trabajo excelente, no sólo por el sueldo, sino por el horario, ya que la salida es antes de las cinco de la tarde. Uno de esos días había quedado de ir por mi novia a su trabajo, pero ella salía mucho más tarde, hasta las seis. Yo no tenía idea de que hacer para esperarla todo ese tiempo. No se me antojaba nada, no quería ir por un café, no tenía hambre, y tampoco era el tiempo suficiente como para ir al cine o algo similar.

Salí del trabajo, el clima estaba bastante amable y simplemente empecé a caminar. Algunas cuadras más adelante me detuve a comer unos tacos de guisado en un puesto de la calle, luego retomé mi camino y pensé que en el momento que me cansara, o viera que faltaba poco para las seis, podía tomar un transporte que me llevara a cualquier línea del metro y llegar a tiempo a Polanco.

En poco tiempo llegué a Tacubaya, seguí hacia Chapultepec, pero antes conocí el paseo de los compositores, a la altura de Juanacatlán, totalmente abandonado; ahora ya está dentro de Chapultepec. Seguí hasta llegar al metro Sevilla y creí que ahí sería buen momento para entrar o tomar una microbús que llega directamente hasta mi Plaza Antara, en Polanco, pero no, seguí caminando. Conocí un local de modelismo, y hasta me quedé un rato mirando la enorme maqueta de un tren que tenían. Llegué puntual a las seis de la tarde, mi novia bajó a los pocos minutos y nos regresamos en metro a nuestras casas.




Coyoacán - Centro Médico


7.3 km, tiempo indefinido. Diciembre de 2009. Salí con los compañero de mi nuevo trabajo a beber, teníamos pocos meses de habernos conocido, pero eramos un grupo muy unido. Ya entrada la noche un amigo me habló y lo invité a la reunión. Poco a poco se fueron yendo algunos amigos, hasta quedar sólo tres: Mar, Luis y yo. Seguimos platicando y bebiendo hasta que en algún momento nos llevaron la cuenta porque el lugar estaba por cerrar.

No tenía idea de la hora, al revisar, supimos que eran las tres de la mañana; quizás si no nos hubieran dicho nada habríamos seguido hasta el amanecer. El frío de la noche nos animó a comer algo, caminamos hasta Churubusco, dónde están los famoso tacos Chupacabras; luego de cenar, Mar tomó un taxi, Luis y yo preferimos caminar un poco, inevitablemente me acordé de la otra caminata que hice borracho hacia Acapulco.

Luis y yo tenemos el mismo amor por los libros, por la literatura y por la escritura. Así que al calor del alcohol, y a través del frío de la noche, pergeñamos una historia, un cuento fantástico, lleno de giros, de misterios, de guiños y referencias. No sé cuánto haya durado eso, según Google, fue hora y media. Llegamos a su casa rendidos, creo que a eso de las seis de la mañana, yo me acosté en cualquier sillón y ahí me quedé hasta las nueve de la mañana, nos levantaron para invitarnos a desayunar barbacoa en el tianguis.




Tacubaya - Copilco


11 km, tres horas. Julio de 2016. Esta fue la caminata que me animó a hacer este post. Fui al metro Tacubaya a dejar unas cosas a un amigo, pero quedé atrapado en la hora pico, además, fueron días de tormenta... cuando quise tomar el metro el servicio prácticamente estaba parado y el andén estaba llegando peligrosamente al máximo de su capacidad, así que me salí y caminé hacía la avenida Revolución para tomar un camión, pero también había mucha gente, pensé en quedarme a comer en los restaurantes chinos de la zona, pero empecé a caminar. Ya sabía lo que pasaría.

Verán ustedes que la ruta que tomé fue innecesariamente larga, lo que sucedió es que pensé, como en otras caminatas, que si en algún momento me cansaba podía simplemente entrar al metro... y sí me cansé, por ahí de Mixcoac pensé en entrar al metro, para ese momento ya no había ningún rastro de lluvia, eran como las siete de la tarde y ya no tenía que hacer más que un transbordo... pero no, me dije: -un poco más, hasta Zapata...

En Zapata pensé: - otro poco más; en Coyoacán pensé: -ya no puedo más, pero ya casi estoy cerca. En algún momento me detuve a comer algo, ya saben, tacos, y luego seguí caminando, hasta llegar a casa, totalmente molido. Aquí me di cuenta que las largas caminatas no son tan fáciles como hace diez años.





¿Qué otras caminatas haré en mi vida?, ¿Qué caminatas me gustaría hacer? Espero poder aguantar todavía hacer largas caminatas... me gustaría recorrer alguna ruta histórica, no sé, como la calzada prehispánica de Iztapalapa, o quizás todo el borde de la antigua Tenochtitlán, eso sí, espero no volver a  hacer otra caminata borracho.

Uno de mis grandes miedos es perder las piernas. uno de mis peores pesadillas recurrentes es salir a la calle, sin darme cuenta, descalzo. Hablando de eso, ¿sabía que una vez caminé descalzo en el zócalo, disfrazado de Mictlantecuhtli?


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