viernes, 28 de abril de 2017

Soy diabetico

Exactamente hoy, hace tres años, me diagnosticaron diabetes tipo II.

  • No, no soy insulinodependiente.
  • No, tampoco estoy obeso.
  • No, no estoy perdiendo una pata, ni se me está gangrenando una mano.
  • No, tampoco estoy dializado.
  • No, no me dio porque me la pasara comiendo papitas y bebiendo coca.
  • No, no fue porque me la pasara echado sin hacer nada.
  • No, no fue por un susto.

Pensé mucho tiempo si debía hacer esto público. La principal razón para no hacerlo es por la evidente naturaleza privada de esta situación, pero la razón para revelarlo me pareció más importante: quería que el mundo supiera, de primera mano, que se puede vivir bien con diabetes.

  • Enfermé por malos hábitos, combinados con herencia genética.

Estos dos factores los viven a diario millones de mexicanos, sé de varios amigos, ustedes, los que están leyendo esto, que encajan en estas dos simples características.

Tiras reactivas a dos meses del diagnostico.

México declaró una alerta epidemiológica por la diabetes porque hay mucha gente sin diagnosticar, y que no recibe atención hasta que tiene una afectación severa, hasta que llegan al hospital con problemas en el corazón, en los riñones, en los ojos o las extremidades.

  • A mi no me va a pasar, yo ni como tantas papitas, ni tomo tanta coca cola, y medio hago algo de ejercicio.

Yo pensaba más o menos igual, y no me preocupaba mucho, aunque mi madre padece de la misma enfermedad. Me decía que mientras no dejara la talla 32 no estaba mal, me decía que mientras hiciera algo de ejercicio no me iba a pasar nada, me decía que ir a comer de vez en cuando al burger king o cenar pizza no era malo.

Pero además dormía muy poco, cerca de cuatro hora; a veces no comía a mis horas, salía sin desayunar de casa, y compraba comida grasosa y dulce afuera de la oficina, mi café con azúcar, crema y galletas. Tacos de almuerzo, comida y cena en casa. No suena mal, ¿verdad?, así como ustedes, pensaba que no podía pasarme nada.

Sí, ya sé, ustedes tiene preguntas, y probablemente se han llenado de suposiciones: dirán "seguro no hacías tal o cual cosa", "ah, pero yo no tomo mi café con azúcar", "ah, pero yo no como tacos en el almuerzo".

Da miedo pensar que uno puede estar enfermo. El diagnóstico es una sentencia. La muerte, tú muerte, toma un rostro. Cuando te diagnostican, sientes a la muerte paseando dentro de ti, recorriendo tu interior, avanzando en tus venas, minando, destruyendo de a poco tus órganos.

Sabes que eventualmente tu cuerpo dejará de producir insulina, sabes que eventualmente la glucosa dañará desde dentro tus órganos. ¿Pero no acaso a todos nos va a suceder esto, de un modo u otro?, todos vamos a morir, sí, pero no queremos que nos echen a perder la fiesta.


Lo más difícil es cambiar los hábitos. Lo más difícil es desligar la idea del disfrute instantáneo, de que la comida salada y dulce es una de las máximas experiencias de la felicidad.

Negación, enojo, depresión, y eventualmente aceptación. Suena a manual, pero es el camino a seguir, aunque muchos no lo concluyen. Hay una suerte de impulso suicida en los diabéticos, consumen comida que les hace daño sabiendo exactamente las consecuencias, es como consumir a sorbos la muerte.

Las etapas no son definitivas, no es como cruzar una puerta, a veces vuelven, a veces te olvidas que existieron. Hace tres años empezó el principio de un camino que cambió todo en mi vida. Al principio fue horrendo, hoy las cosas son muy diferentes, cada día me siento (y estoy) más ligero.

Las medidas de mi glucosa son casi como las de una persona normal, al menos desde hace medio año no paso de los 150. Hay gente que vive su diabetes en niveles de 350 y no siente nada hasta que un día falla la vista, o los riñones, o todo al mismo tiempo.

Sé que no siempre voy a estar en este momento óptimo, algún no podré detener el deterioro, algún día quizá me quede ciego, o se me pudra un dedo. Pero por ahora no cejaré.

Necesitaba decir todo esto, debía mostrarlo, porque de este modo, termino por incorporar la enfermedad a mi vida, deja de ser un secreto mío y de unos pocos amigos y familiares. Bienvenida seas diabetes, ya no te temo.

Esta fue la medida en ayunas de hoy. ¡Excelente!

lunes, 24 de abril de 2017

Los libros que leí en el 2016

No sólo me gusta leer, sino que es un hábito, tengo que andar siempre con un libro, y cuando no lo llevo, me siento raro, sobre todo si viajo en metro. Y aunque he leído un par de libros en el celular, no se me hace cómodo, necesito el libro físico. Sin embargo no me considero un Lector, ni mucho menos un Intelectual, no todo lo que leo lo retengo, a veces olvido libros enteros, pero queda algo, una emoción, un simple dato, una anécdota.

Por esto y otras razones, nunca he llevado la cuenta de cuántos libros leo al año. Alguna vez me hicieron la pregunta, un tanto para provocarme, en el sentido de reto, como para dejar en claro una especie de superioridad moral, pero aunque he leído libros desde los cinco años, nunca he contado la cantidad de los que he leído.

Hubo años en que devoré libros, sobre todo durante el bachillerato, o quizá durante mi efímero paso por la Facultad de Filosofía y Letras; por otra parte, también tuve un largo período en que casi no leí (acaso revistas de arqueología mexicana), también incurro mucho en la relectura, hay libros que cada año leo un par de veces.

El caso es que el año pasado finalmente decidí contar cuántos libros podía leer en un año, sin ningún afán presuntuoso, sin embargo, el sólo manifestar la intención levantó una que otra pulla, ya saben, se siente enfrentados, como si la lectura fuera garantía de inteligencia o comprensión, hay cantidad de gente que lee mucho más que yo y no por eso han dejado de ser unos perfectos imbéciles.

Sé, que la sola intención de hacerlo también llevaba un falseo, porque seguramente, conscientemente o no, intentaría leer bastante, como sea, me animé, y a mediados del año pasado esbocé este proyecto en el post Yo leo, y además escribí un pendiente que quería hacer desde años: Los tres libros que marcaron mi vida, Pero ahora, finalmente, y gracias a que ayer fue el #DíaInternacionalDelLibro me animé a escribir este post.


Sólo para fines estadísticos... nunca he llevado la cuenta de lo que leo en un año, tampoco recuerdo que libros, pero este año llevaré el registro en Instagram, he descubierto que es una forma muy práctica de llevar el recuento.

Las fotos que acompaña salieron de mi cuenta de Instagram, y los comentarios que la acompañan han sido levemente editados, sólo con el fin de dar más claridad, como ya se vio arriba, van en otro color de texto.


99 años de #JuanRulfo

En el 2016 no leí ningún libro de Rulfo, pero decidí mencionarlo en el post por dos razones, la primera, es porque el año pasado Juan Rulfo habría cumplido 99 años, y porque sirve para mostrar otro de mis hábitos de lectura: a veces me topo con un autor y tengo que leer todo lo que pueda de él, entonces destino todo mi tiempo de lectura recreativa a esto, indago bibliografía, consigo libros, sondeo opiniones... hasta que otra cosa llama mi atención.


Este año me propuse registrar los libros que voy leyendo, sólo con el propósito de descubrir cuántos son, pues aunque toda mi vida siempre he estado leyendo algo, nunca antes había llevado la cuenta. Y no, no se trata de presumir.  Ahora que casi llegamos a la mitad del año me voy a proponer además otra cosa: listar los libros que quiero leer en los próximos seis meses. Pero eso será tema de otra foto.

En el 2015 leí durante varios meses lo que pude de Juan Rulfo, en cambio, en el 2016 el autor que seguí fue Jack Kerouac, aunque en realidad fueron relecturas, gracias a la edición de Anagrama que compila tres de sus mejores libros, y aunque tenía otros volúmenes en la biblioteca personal, decidí concluir el ciclo con Tristessa, una novelita que se desarrolla en un México subterráneo, de ahí, hilé otro libro que siempre había tenido pendiente: La región más transparente. Como en la secundaria leí algo de Carlos Fuentes que me no produjo ningún interés, durante años evadí su lectura, no me arrepiento, pero el clásico que leí de él me dejó profundamente satisfecho. El libro de Tacubaya fue un agradable paseo por el desarrollo histórico de esta región, que aunque nunca he vivido en ella, y no conozco del todo bien, le tengo un aprecio significativo.


Y... estos son los libros que quiero leer antes de que termine el 2016 😅😅😅
¿Ya vieron la figura Lego al centro?, ¡son libros inmensos! 😅😅😅😧😧😧

Lo que no había confesado desde el principio, es que parte de la motivación de llevar la cuenta de los libros leídos, es que a finales del 2015 había hecho una lista de pendientes de lectura, y al llegar a la mitad del año, la revisé y quise dejar constancia de los pendientes, un poco para obligarme a cumplirlos. Spoiler alert: no lo logré. De los libros mostrados arriba sólo avancé en el tomo de El Metro, llevo la mitad, probablemente, pero es que su tamaño no lo hace tan práctico. De los demás... creo que ni siquiera los saqué del librero después de la foto.


Dos libritos más para la cuenta anual.

Arlt es uno de esos escritores que, para los lectores no argentinos, se conocen vía Julio Cortázar. Muchas veces mencionado en su obra crítica y en su literatura, siempre lo había dejado pasar, hasta que encontré ese volumen en una de esas ediciones que se venden en el Sanborns. El otro libro fue un regalo de mi chinita (no, no es oriental, es de cabello rizado), aunque originalmente me había comprado otro tomo de poesía de la editorial Hiperión que yo escogí, pero, por error, seleccioné uno que ya tenía (sólo que la tapa era de otro color), en fin, que tuve que regresar a la librería, subrepticiamente, para corregir mi error.


Estos fueron los dos libros que leí en septiembre. La antología de Valdemar es excelente y creo que ahí están dos de los mejores cuentos de terror que he leído. El Fahrenheit 451 es uno de los libros más bellos que he leído, nunca esperé que fuera así y al final me ha dejado pensando un montón de cosas.

Alguna vez un jefe me dijo "es que tú no sabes lo que todos saben, pero sabes lo que otros no saben", y aunque todavía no defino si eso fue un insulto o un halago, sucede con mis lecturas que paso de los libros que deben leerse. Honestamente no sé si es un afán de ser diferente o qué. El caso es que este año decidí leer el clásico Faherenheit 451 y quedé asombrado de la belleza y terrible actualidad de sus metáforas, es uno de esos libros que dan ganas de gritar a la gente que lo lean para salvar al mundo de su debacle. Sobre el tomo de la editorial Valdemar, sólo diré que contiene los mejores cuentos de terror que he leído y eso sí, dejen que me envanezca un poco, he leído muchos cuentos de terror.


Para el registro de los libros que he leído en esto año. Dos clásicos que apenas me animé a leer.

Ya instalado cómodamente en los clásicos, continué con otro de Bradbury, que disfruté mucho, sobre todo el de Usher II, por todas las referencias, no sólo a la obra de Poe, sino de la literatura de terror en general. La Naranja Mecánica era un tomo que tenía desde mis tiempos de la librería El Parnaso, lo compré, además del interés natural, porque era una edición bastante decente, como solía hacerlas editorial Minotauro. Aunque ha estado en el librero desde hace más de una década, no lo había leído hasta ahora, eso sí, años atrás lo intenté un par de veces, pero el Nadsat era una fuerte barrera, al final (como me imagino que a todo mundo le ha pasado) uno empieza a cambiar las palabras mentalmente.


Estos fueron los dos libros de octubre. Prácticamente todo el mes estuve con el de Trainspotting, básicamente porque no podía con la traducción... El de Batallas, fue una relectura, sólo por gusto.

A veces alguna cosa me recuerda un libro, lo tomo del librero y vuelvo a leerlo, esto se torna más fácil cuando se trata de un bocado como el tomo de Pacheco, claro, no por su tamaño implica que no habrá de ahondar todavía más eso que nos produce su lectura. Sobre el Trainspotting, recuerdo que cuando trabajé en El Parnaso no era tan fácil de conseguir, igual que el Fight Club, ignoro si a otras librerías llegaba con facilidad, pero en la esquina de Carrillo Puerto pocas veces se le vio. Años después, con todo el éxito consagrado, consagrada como película de una generación y gracias a que varios títulos de Anagrama se empezaron a editar en México por la editorial Colofón, ese tomo verde se pudo encontrar por todos lados. Padecí la traducción al español de España, casi desisto de su lectura, pero me aferré y cuando lo concluí volví a ver la película, y apenas a los dos días de esto se liberó el trailer de Trainspotting 2. Oh, la nostalgia.


Y estos fueron los dos libros que leí durante noviembre. Creí que iba a tardar mucho más, pero gracias que salí con mi chinita a leer durante largas horas en cafés de Coyoacán es que avance bastante.Terminé el libro de Cortázar en un momento particular... al final abunda sobre la problemática latinoamericana y la responsabilidad de crear al hombre nuevo... el viernes en la noche nos enteramos de la muerte de Castro, y con ello, pareciera, que recuperamos, súbitamente, el interés, la urgencia por hacer algo, por despertar de ese sueño y reconocer que, a pesar de las décadas, la libertad en nuestros países sigue siendo una mala mentira.

No tengo nada más que agregar sobre el libro de Cortázar, quizá que es un tema que sigo trabajando en la cabeza y algo de eso me gustaría verlo en este diminuto blog, en esta mi isla desierta, escrita para mí (aunque es agradable encontrar de pronto alguna huella en la arena de la playa).


Finalmente terminé la trilogía en cinco partes y el añadido de la Guía del Autoestopista Galáctico. Hasta luego y gracias por el pescado. 🙋 #thehitchhikersguidetothegalaxy

No sé cuando, quizá en el 2015 terminé la trilogía en cinco partes de Douglas Adams, pero, como muchos, quedé triste por el final, tan fatal, que a ratos se vuelve amargo en el recuerdo (como la vida misma). Pero cuando me enteré que existía una continuidad consentida por los herederos y vislumbrada por el propio Adams, decidí buscar el tomo. Algunas veces, comprando libros, había preguntado por él pero no lo tenían en existencia, finalmente un día lo encontré y pude conocer la continuidad... creí que iba a ser algo forzado, que se notaría el palimpsesto, pero no, resulta muy natural, hilarante y profundo (sin intentar serlo, justo como el espíritu original de la obra), y aunque el final es también un poco amargo, salda, sin duda, la vida y aventuras de Arthur Dent.

Entonces, ¿cuántos libros leí en un año? Si consideramos solamente los tomos, en total serían dieciocho, pero si tomamos en cuenta que uno de ellos contenía tres obras, podrían ser 20.

Ficción

  • La desconocida del mar y otros textos recuperados de Francisco Tario
  • La región más transparente de Carlos Fuentes
  • Las batallas en el desierto de Jose Emilio Pacheco
  • Nueva antología personal de Jorge Luis Borges
  • El juguete rabioso de Roberto Arlt
  • En el camino, Los subterráneos, Los vagabundos del Dharma y Tristessa de Jack Kerouac
  • Trainspotting de Irvine Welsh
  • La naranja mecánica de Anthony Burges
  • Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas de Ray Bradbury
  • Y una cosa más de Eoin Colfer
  • Mares tenebrosos. Una antología de cuentos de terror del mar de Valdemar Gótica


Poesía

  • Haikús zen de Natsume Sôseki
  • El rocío del loto de Ryôkan y Teishin


Ensayo

  • Tacubaya, de suburbio veraniego a ciudad
  • Clases de literatura. Berkley, 1980 de Julio Cortázar


Otros

  • Sexo. A que sabe la Reina de Jis
Aunque este último dudé si contabilizarlo, más que nada porque es un libro de monos, pero no por ello es algo que se pueda hojear en cinco minutos, sin embargo, tomando en cuenta esta consideración, debería anotar los cómics que leí. Por ahora lo dejo así, más que nada porque salió en la foto.

Hay otra categoría, los que no pude terminar. Al final no pude terminar el año con el último libro que empecé, y no sólo eso, sino que tampoco pude terminar el libro, no pude. El tomo de cuentos Completos de Juan Carlos Onetti no está hecho para la lectura en el transporte público. Y a principios de 2017 intenté con Henry Miller y también tuve que dejarlo. Simplemente no conecté con ellos.

Los abandonados

  • Trópico de Cáncer de Henry Miller
  • Cuentos Completos de Juan Carlos Onetti


En este año, quizá porque ya no llevé la cuenta, quizá porque leí mucho el año pasado, apenas y he tomado algún libro, aunque he leído algunos artículos de la revista Arqueología Mexicana y notas para exámenes pendientes, ah, claro, y también he continuado con el volumen de El Metro.


  • Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello
  • Geografía crítica. La valorización del espacio de Antonios Carlos Robert Moraes y Wenderley Messia da Costa




Ya sé que la pregunta es harto presuntuosa, por no decir mamona, pero, ¿y usted, cuántos libros leyó el año pasado?, ¿cuántos lleva este año?



viernes, 31 de marzo de 2017

La vida que debo

Tenía yo diez años, estábamos mi madre y yo en la cocina de la casa de Neza; mi padre llegó del trabajo, entró y le entregó a ella las llaves de la nueva casa, la propia, y pude ver su sonrisa y sorpresa. Recuerdo que los únicos edificios de la zona eran los de la Unidad Habitacional, por eso aún se podía ver el horizonte y el cielo azul en todas direcciones. Cuando llegamos ahí, la región no hace mucho funcionaba todavía como sembradíos de maíz, cempoalxochitl y forrajes varios. Hoy en día es tan sólo un pedazo más de esta monstruosa ciudad.


El edificio estaba prácticamente deshabitado, incluso pensé que éramos los únicos en él en ese momento, pero más tarde descubriría que no era así. Lo primero que hicimos fue limpiar, barrimos el polvo (que era mucho, porque sin grandes construcciones el aire daba todas las vueltas que podía y levantaba toda la tierra suelta), pero cuando quisimos trapear descubrimos que aún no teníamos agua corriente y me mandaron a ver si encontraba alguna llave junto a las bombas de agua.

Encontré una llave, la abrí y salió agua; llené una cubeta, subí las escaleras y toqué el timbre. La puerta apenas se abrió y empezaba a entrar cuando me di cuenta que las personas que estaban frente a mí no eran mis padres. Me había equivocado de casa, al ser la primera vez que estaba ahí confundí la puerta. Recuerdo un señor de bigote y una señora, pero de ella no recuerdo casi nada, acaso un cabello mediano y café. Me despedí balbuceando una disculpa y ellos sonrieron, todavía alcancé a oír una risa leve mientras cerraban su puerta.


Pasarían muchos años antes de que nos mudáramos finalmente y cuando eso sucedió y empecé a reconocer a los vecinos identifiqué al poco tiempo a aquellos señores de la casa en la que quería entrar por error, se trataba de un matrimonio sin hijos, ya la juventud los había abandonado. Luego, no sé cuanto tiempo después, algunos años supongo, un día mi madre nos contó que la vecina estaba enferma, muy enferma, tanto que estaba hospitalizada. Dejamos de verla por varios meses.

Un día regresó la vecina; mi hermana y yo la vimos subir las escaleras, por su propio pie, como si no hubiera estado enferma, como si sólo se hubiera ido de vacaciones, nos saludó y sonrió. En aquel entonces mi hermana y yo estudiábamos la secundaria y a veces nos íbamos solos a la escuela, que no estaba a unas cuadras, sino bastante lejos, tomábamos un par de microbuses y hacíamos unos cuarenta minutos para llegar a la escuela.

Cerca de la secundaria teníamos un par de supermercados y a veces mi madre nos encargaba algo para la comida, cosas sencillas que no costaran mucho o fueran complicadas de transportar. Un día íbamos a comer ensalada rusa y nos pidió un frasco grande de mayonesa. En aquel entonces todos los frascos eran de vidrio y en los grandes almacenes no encontrabas frascos pequeños, esos eran para las tienditas de la esquina, entonces compramos un bote de más de medio kilo, que en aquel entonces era una porción grande, yo sé que hoy, en los tiempos de los hipermercados, eso no parece mucho.


Acabamos de bajar del último transporte y mi hermana y yo íbamos platicando, desgarbados como cualquier adolescente, sin prestar mucha atención a nada. De pronto la delgada bolsa del supermercado cedió al peso del frasco y se rompió. Sobre la banqueta quedó estrellado el bote de mayonesa. Los adolescentes son prácticamente niños... mi hermana y yo entramos en pánico y corrimos a la casa para arañar cajones y escondrijos a fin de encontrar algo de dinero para reponer la mayonesa perdida, claro, si es que en las tiendas de la zona encontrábamos un frasco de ese tamaño, porque no podíamos decirle a mi madre que gastamos todo el dinero que nos dio en un frasquito.

Finalmente logramos encontrar suficientes monedas y salí a la calle a buscar una mayonesa de buen tamaño, por suerte, a la tercer tienda lo hallé y regresé corriendo a la casa, porque mi madre podría regresar en cualquier momento. La ensalada rusa ya estaba lista y sólo faltaba agregar la mayonesa... pero el frasco estaba demasiado apretado y ni mi hermana ni yo podíamos abrirlo, y pensamos que quizá algún vecino nos podría ayudar, pero a esa hora había pocos, quizá sólo la vecina que estaba enferma y alguien más.

Yo fui a tocar. No sé si es literatura, pero creo que mientras tocaba a su puerta recordé la vez que me equivoqué y casi entraba por error a su casa. Toqué y esperé un momento. Nada, silencio. Volví a tocar y algo me llevó a acercar el oído a la puerta. Escuché algo, sé que escuché algo. Fui con mi hermana y le dije que creí haber oído algo. Ambos sabíamos que ella recién había regresado de su enfermedad y dudamos. Después de un rato, decidimos preguntarle a otra vecina, la cual acostumbraba visitar a la vecina enferma, pero detrás de su puerta también estaba el silencio.

Regresamos a la casa y por fin pude abrir el frasco de mayonesa, comimos y un par de horas después llegó mi madre... se había tardado un poco, cuando la vimos entrar su semblante nos preocupó. Ella había estado en el patio, esperando, junto con otros vecinos, a que se llevaran a la señora en ambulancia.


Resulta que cuando yo toqué a su puerta ella sí estaba dentro, había tenido un convulsión y estaba medio inconsciente. Con lo que le restaba de fuerzas intentó hacer un ruido, hacer una señal. Seguramente cuando toqué a la puerta ella intento algo, quizá creyó que su esperanza se cumplía, que la salvación había llegado. Pero no, estuvo sola, tirada en el suelo sin poder hacer nada. Ella murió esa misma noche.

Nunca le contamos a mi madre la aventura de la mayonesa y sólo mi hermana sabía que creí oír algo en su casa cuando fuimos a buscar a la vecina. Durante muchos años me consideré responsable de su muerte, y siempre que regresaba a la casa pasaba frente a su puerta y pensaba en ella, suplicante, sin poder moverse, y yo yéndome, llevándome su esperanza.




martes, 14 de febrero de 2017

Papelitos

Hace más de quince años, cuando trabajé en un café internet con un horario de más de doce horas (uno de los peores trabajo que he tenido), tuve un compañero, militar desertor. Un día de tantos, me contó el capítulo romántico de su vida, y lo recuerdo porque usó la siguiente frase: -soy un romántico, es más, me cae que Romeo no me llega ni a los talones. Bueno, él, además de seguir vivo, se divorció de su chica, así que no, no creo que su amor fuera más grande que el de Romeo.


¿Pero qué es ser romántico? No se preocupen, esto no es un disertación sobre el tema, basta decir que podemos considerar romántico (fuera del contexto histórico de esa forma literaria específica) algo que busca encantar, un gesto que busca demostrar nuestro sentimiento. Actualmente, interpretamos gestos románticos en la historia de la humanidad, desde la pareja enterrada que descubrieron en Italia, y a decir de los arqueólogos, se mantiene abrazada desde hace seis mil años, hasta el tatuarse el nombre del amado en turno (casi siempre con hórridos resultados). De joven, como todos, hice muchas en cosas en nombre del amor, para fortuna de ustedes no traeré (por ahora) el catalogo completo, tan sólo quiero mostrar algo que, según yo considero, es lo más romántico que hice alguna vez.


No voy a contar la historia con detalles, porque es un cuento que se sigue contando, es una parte de la historia de la pareja que tengo desde hace más de una décad, los detalles de nombre, grado o categoría me los reservo. Para fines puramente prácticos, ella será señalada como la china, no por su fenotipo, sino por su ensortijado cabello. Lo que usted ve, desde principios del post, es una caja de madera, al estilo Olinalá, Guerrero, que compré, con un propósito definido, en una mañana apacible, en una esquina casi ignota del centro de Coyoacán.


Básicamente mi chinita se hacía del rogar, o lo que es lo mismo, la potranca se quería salir del redil. No es cierto, exagero. Diré que estábamos comenzando la relación, pero el inicio tuvo algunas complicaciones, mismas que decidí afrontar con una pequeña carta diaria hasta que ella, finalmente, se decidiera a establecer la relación. Por supuesto, como casi todo en la vida, no hay fronteras precisas, así que no supe cuando terminarlas, un día, simplemente, después de poco menos de diez meses, dejé de hacerlas.

El carrito, tamaño Hot Wheels, es para fines comparativos de tamaño.

Todo comenzó porque por aquel entonces leí uno de los libros que aún considero entre mis favoritos: el Makura no Soshi, o Libro de Cabecera, o Libro de la Almohada (que nada tiene que ver con la película, aunque está si tenga que ver, un poco, con el libro), el cual fue escrito por una mujer de la corte imperial japonesa, cuyo nombre podría ser Sei Shônagon.


El libro ilustra parte del ritual de cortejo entre amantes, el cual consiste, en enviarse cartas. El pueblo japonés, al menos visto por su literatura clásica, era aficionado a la composición de poemas, que son algo diferentes a lo que en occidente entendemos por poesía. El juego de caracteres, la disposición de los versos, la elección del papel, la caligrafía, y un código poético relativo a la temporada del año, forman parte del poema, el sentido total difícilmente puede ser traducido.


"*Parte esencial de la etiqueta amorosa, incluía un poema y se le ataba a un ramita florecida apropiada. La selección del papel y la caligrafía era importante." Escogí la caja de madera por el tamaño, pensé que sería el ideal para una pequeña carta con algún poema o carta. Me decidí por el papel fabriano, que entre todos los papeles que conozco, siempre me ha parecido muy noble, debido a la cantidad de algodón que poseé. Compré varios pliegos grandes, los trabajé con un doblador de hueso y corté con una fina navaja. Meses después, compraba muchos más pliegos y tenía que llevarlos a cortar a una imprenta.


En aquel tiempo estudiaba japonés, así que empecé a fechar las cartas en ese idioma. El haiga (léase 'jaiga') es el arte de la caligrafía, y este contempla muchos estilos, algunos muy sutiles, otros muy expresivos, casi de trazos violentos... yo simplemente escribo feo, pero además, compliqué el asunto porque decidí usar pincel para escribir en japonés y usar plumilla para el texto en general, pero yo nunca había usado plumillas, y creo que se nota bastante en las primeras cartas, luego compré una pluma con punta tipo plumilla, lo que me facilitó el trabajo.


Al principio, la selección de poemas resultó relativamente sencilla, porque en aquellos años, además de estudiar japonés, leía mucha poesía clásica japonesa, como el Hyakunin Isshu y el Kokinwakashû, además de otras antologías de poetas japoneses, bellamente editadas por la editorial Hiperón. Más adelante, empecé a tener algunos problemas, y eché mano de Internet, pero también empecé a comprar libros de dónde poder obtener poemas que reflejaran mis sentimientos.



A veces hacía algunas cosas especiales, como cuando el Tanabata No Hi (el día de los enamorados en Japón). En esa ocasión preparé una especie de tríptico, con algunos poemas favoritos y una explicación de la leyenda que dio origen a ese día.



Al cabo del tiempo tuve que variar mis lecturas, incursioné en otro tipo de poesía, hallando grandes y lucidas joyas de la poesía romántica.



Y ya que mi chinita es fervorosa amante de los cuentos, empecé a poner algunos cuentos cortos y fábulas al uso, ya no tanto con una idea romántica-amorosa, sino buscando el divertimento, provocar alegría en su corazón, decirle todo lo fascinante que puede ser la vida.


Por supuesto, ninguna relación es lineal, en algunos momentos de tensión salían los boleros y canciones de despecho, más de una vez desfilaron en estas hojas letras de despecho de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Álvaro Carrillo, entre otros.



Obviamente el tema prehispánico está presente, lo que me llevó a traer el dibujo a estas cartas. Usaba una pantalla luminosa para hacer el dibujo lo más fiel posible, y para el entintado final debía ser muy cuidadoso, con las cartas en texto llegué a equivocarme y tenía que repetir el proceso, en cambio, con las que llevaban un dibujo no me podía permitir, ya que cada carta (por muy descuidada que les parezca), me llevaba poco menos de media hora.


En algún momento el pensamiento budista llegó a estos pequeños cuadros de papel fabriano, porque por aquel entonces me dediqué bastante a formarme en él, además, mi china se mostró interesada, así que compartí algo de esto,lo que sirvió para dar entrada a esas pequeñas historias zen, los koan, destinados a iluminar la mente a través de su meditación.



Más adelante el lenguaje gráfico volvió a aparecer, ya con alguna frecuencia. La selección casi siempre fue relativo a monos, a tiras gráficas. Las dos tiras que están sobre estas líneas pertenecen a Buba Comix, de José Quintero. Y es que a veces, una tira podía expresar mejor mis sentimientos que un poema...


Hay muchas más cosas en estas cartas, incluso cuentos completos, de medio aliento, contados en varias partes, como Bebe mi sangre, de Robert Matheson (en traducción de Vicente Quirarte), así como buen parte del Libro de la imaginación de Edmundo Valadés, sin dejar de lado los Poemínimos de Efraín Huerta. En algún momento empecé a comprar antologías para continuar mi labor de antologador... 


Pero la vida pasa y nos arrastra con su lenta cara de agua. En algún momento hacer los papelitos me resultó agobiante, a veces llegué a repetir un poema sin darme cuenta (obviamente ella se quedaba con las cartas), y a veces no tenía tiempo para hacer algo digno, algo decente, y al posponerlo, se acumulaban las cartitas. Para cerrar este ciclo realicé un último trabajo, pero no en papel, sino en acero inoxidable.


El poema, es el Número 13 del Hyakunin Isshu, su autor es el emperador Yousê.

筑波嶺の
峰より落つる
みなの川
恋ぞつもりて
淵となりぬる

Tsukuba ne no
Mine yori otsuru
Minano-gawa
Koi zo tsumorite
Fuchi to nari nuru

Desde el pico de Tsukuba
la corriente fluyó hasta
esparcirse en el ancho Mina
Así mi amor se precipitó
hasta ser un estanque profundo




viernes, 20 de enero de 2017

Voz viva en la literatura

Una tarde lluviosa, trabajando en la librería El Parnaso de Coyoacán, casi sin clientes, me aburrí de escuchar el mismo disco una y otra vez, y es que las opciones siempre eran las mismas: algo de Putumayo, o alguna sombría grabación independiente.

Y es que el surtido de discos de la librería era malo y limitado, además no podíamos abrirlos indiscriminadamente, según la idea del dueño era poner algo que pudiera interesar a los clientes, así que en esa tarde quieta, de llovizna ligera, y siendo yo jefe de piso, decidí abrir un disco nuevo.

Escogí uno que ya conocía y había comprado hace un par de años. El disco seleccionado era un volumen de la colección Voz Viva de América Latina de la UNAM, la cual edita discos de obra seleccionada de grandes escritores, leídos por ellos mismos. Un compañero de piso me preguntó qué era lo que había puesto, le enseñé la tapa del disco, y haciendo una mueca de desdén, dijo que él prefería leer el texto, que lo suyo no eran los audio libros.

En ese momento me acordé de Enrique Rocha y unos comerciales, quizá por ahí de principios de los noventa, en los que promocionaba la Biblia completa, leída por él, en prácticos audio libros en CD. Recordé la avalancha de audio libros que se puso de moda en aquella década, impulsados por el nuevo formato salieron bastantes, por fortuna, no prosperan hoy más que como una curiosidad, diluidos en formatos como los podcast, dónde se suele colar la lectura de algún cuento corto, o acaso, en las lecturas por entregas en populares programas de radio.





Descubrí la colección Voz Viva de América Latina en la casa de un amigo, allá en Tacubaya, y el primer volumen que vi fue el bellísimo acetato de Jorge Luis Borges, yo debía tener por aquel entonces unos quince años, y quedé mesmerizado por la voz, por la lenta, reptante, voz de Borges, por la inmaculada pronunciación de otras lenguas, por la sapiencia, la erudición, la arrogancia y al mismo tiempo la resignación ante un destino. De ese disco no tengo más que una copia en cassette, a la que hace algunos años, por el cariño que le tenía, le diseñé una portada a mano.





Tenía diecisiete años cuando entré a trabajar por primera vez, a una empresa, al restaurante Toks, donde fui 'cacharrero', llamado así porque básicamente era el encargado de lavar todos los cacharros, todas las ollas grandes. Fue un trabajo horrible, el más horrible que he tenido, por todo, por los compañeros de trabajo, porque estar dentro de una cocina apesta, porque terminé con las manos cortadas, llenas de heridas y quemadas por la sosa caustica que se usa para lavar. Sólo duré una semana, pero me pagaron la quincena completa, ochocientos pesos, Con ese dinero fui a la librería Gandhi, en M. A. Quevedo, cuando todavía no se mudaba de acera (donde ahora sólo venden saldos), ahí despilfarré mi dinero en libros, y compré el primer volumen que tengo de Voz Viva, el disco de Julio Cortázar.

Quién haya oído alguna vez su voz, leyendo su propia obra, jamás vuelve a leer del mismo modo sus libros. Al escucharlo, se revela el tempo que lleva su prosa, ese swing al que tanto se refería en sus escritos teóricos. Su voz es grave y tiene una extraña mezcla, está entre el inconfundible tono argentino, y el gargarismo francés. El fragmento más conocido, y socorrido por los enamorados, es el capítulo 7 de Rayuela, pero yo prefiero, siempre, Conducta en los Velorios, o Casa Tomada. Después de escuchar el Voz Viva de Cortázar, cada que leo El Perseguidor, al llegar al fragmento leído, es como si lo escuchará en mi mente.





Conseguí el volumen de Voz Viva de Rulfo de manera mal habida... andaba caminando con mi novia de entonces en Ciudad Universitaria, totalmente quebrados, sin dinero siquiera para un café. Fuimos a la Dirección General de Orientación Vocacional a preguntar por el precio de una guía de estudios, al salir, topamos con otra pareja que andaba buscando lo mismo. Nos sentamos afuera del lugar y platicamos un rato, luego de un tiempo, nos levantamos, y a la vera del camino encontramos unos billetes doblados, los levantamos y felices, decidimos ir por un café y pasar a la Rectoría a comprar los discos de Voz Viva que ya sabíamos que vendían ahí. Yo compré el de Rulfo, y creo que ella el de Cortázar. De regreso, ya con nuestros cafés y discos en mano, vimos, de lejos, a la pareja con que nos habíamos cruzado... andaban buscando el dinero que habían tirado. No dijimos nada.

Quién haya leído los cuentos de Juan Rulfo sabrá que a veces los personajes usan lenguaje de pueblo, fácil es la tentación de leerlos mentalmente con una entonación similar a la que tienen los personajes de igual filiación en las películas de la llamada época de oro del cine nacional, como rancheros bragados, como tímidos indios, como altaneros hacendados.

Quién haya oído a Juan Rulfo leer sus propios cuentos, jamás vuelve a leer del mismo modo su obra. Hay una manera muy fácil de describirlo: es como si un hombre borracho estuviera leyendo. Es fácil, pero tampoco es una forma justa de decirlo. Por supuesto no hay devaneos o seseos, es simplemente esa voz gruesa, cavernosa, como venida desde lejos, desde muy hondo, justo como si el mismo Juan Preciado nos estuviera contado todo.





No estoy seguro del momento en que compré el volumen de Voz Viva de Carlos Pellicer, sólo sé que fue un poco antes de la huelga del CGH de la UNAM, en 1999. Tampoco sé cómo es que me acerqué a Pellicer, como es que me enamoré de su obra, de su poesía sencilla, de sus versos casi inocentes, pero musicales. A lo mejor la memoria me engaña, pero quizá compré el disco en una de las pequeñas ferias de libro que se montaban en la explanada del CCH Sur. Nada grande, acaso un par de mesas con un poco de material, mi memoria casi me trae la imagen del disco sobre una mesa y una mañana luminosa.

Escuché el disco y encontré lo que imaginaba: una voz prístina, varonil pero melodiosa; uno casi puede imaginar un hombre pulcro, una especie de bardo modernista. Cuando habla de la selva, su voz se torna verde, cuando habla del mar, lo embriaga la emoción y brota por todos lados el sol y la arena. El amor calla, desea, oculta, todavía más, sus secretos, en cada entonación...





Los últimos discos que llegaron a la colección son los de Juan Jose Arreola y Alejo Carpentier. Los compré en una feria de libros que se pone junto a Las Islas, en Ciudad Universitaria, donde suelen rematar el material rezagado de la UNAM a fabulosos precios. Ahí se encuentra excelentes librosa fabulosos precios; cada disco me costó apenas cincuenta pesos, y hay de bastantes más autores.

Una mañana de diciembre del año pasado, recogiendo la casa después de un desayuno ligero, recordé que no había escuchado aún ese par de discos que compré. Fui al mueble donde guardamos los discos, cassettes y películas (en la familia somos fervientes creyentes del respaldo en físico) y reproduje uno de ellos. Escogí el de Arreola y degusté su voz, casi siempre en un todo grave, y que sólo en Una Mujer Amaestrada parece liberar al saltimbanqui, al director de pista de circo,





No creo que estos discos califiquen como audio libros, tampoco creo que puedan sustituir la lectura del autor. Me parece, que en cambio, complementan el conocimiento que se puede tener sobre la literatura de alguno de los autores consignados, no al grado que arrojar luces completamente diferentes sobre su obra, ni que sea decisivo para disfrutarlo, o entenderlo (no hay registro de la voz de autores clásicos, y no por ello son menos estudiados o admirados), pero creo que es lo suficiente interesante como para apreciar mejor su trabajo.

Me gustaría agregar una cosa más sobre la relación entre el audio y la obra impresa. Si bien es cierto que la mayoría de las veces la literatura es un acto silente, un acto interior, y que la lectura en voz alta está reservada a algunos eventos especiales, y casi siempre circunscrita a pequeñas obras, es importante que el texto sea lo suficiente fluido como para no entorpecer esa lectura interna (a menos que ese sea el efecto buscado, claro está).

A veces la lectura en voz alta puede revelar un aliteración que en su forma impresa no fue evidente, por esta razón, hace años, cuando quise formarme como escritor, me recomendaron grabar mis textos, no sólo para evitar cacofonías, sino también para advertir los párrafos excesivamente largos, para notar cuando una coma estaba de más, sobre todo en las partes críticas de un texto.

Recuerdo que le pedí a mi padre un micrófono, ya que el que tenían integradas las radiograbadoras de aquel entonces apenas podían filtrar el ruido ambiental. Me llevó al Centró Histórico de la capital, ahí, en la calle de República del Salvador, caminamos un poco hasta que encontramos un micrófono a buen precio. Para el que no lo sepa, en cuestión de equipos de audio, existe una amplía gama, con características especificas, un buen micrófono, para profesionales, fácilmente puede alcanzar miles de pesos.

El mío era un cosa muy sencilla, de mango azul, pero lo suficientemente útil para poder grabar mis primeros cuentos. Me grabé infinidad de veces, me escuché otras tantas. Es vanidad, pero también es cierto, que leo bastante bien, sin falsas entonaciones y si excesivos hincapies, Algún día rescataré esos audios que tengo perdidos en los muchos cassettes que guardo todavía.





Pensando en esos discos de remate, los dos últimos que compré de la colección Voz Viva, recordé un episodio de hace muchos años, quizás de hace veinte años. Casi no me gusta visitar las librerías porque sufro mucho de sólo ver los volúmenes sin poder llevarlos, pero una tarde de 1996 o 1997 pasé frente a Gandhi, y decidí entrar. En aquellos años estaba era ferviente lector de la obra de Juan Ramón Jiménez (autor del popular Platero y yo) y me dirigí directamente a la sección de poesía a buscar algo de él, ahí encontré un delgado tomo, un poemario, acompañado de un Disco Compacto, con fragmentos de su obra, leídos por él mismo.

No recuerdo el precio exacto, pero rondaba los trescientos pesos, una cantidad bastante mayor para un pobre muchacho sin trabajo de, acaso, diecisiete años. Recuerdo que inmediatamente me salí de la librería, herido por la imposibilidad de conocer la voz de mi poeta favorito (todavía no existía YouTube, ni el Internet era popular). Llegué a casa, y platiqué con mi madre. A mi me daban de gasto semanal unos veinte pesos, lo justo para tomar el Ruta 100 y el microbús al CCH Sur de ida y vuelta, pero ocasionalmente podía pedirles un libro que no fuera muy caro, le expliqué a mi madre la importancia de ese disco y prometió consultarlo con mi padre.

El siguiente fin de semana, cuando mi mamá llegó del mercado donde teníamos un puesto de herramientas, me avisó que la compra había sido aprobada, apenas terminando de comer, saldríamos por el libro. En aquel entonces, ir desde del Metro Constitución hasta el Metro M. A. Quevedo me parecía un viaje tremendamente largo. Recuerdo que llegamos al atardecer, con la noche cayendo. Recuerdo el viaje en metro con mi madre, recuerdo que me sentía como niño, recuerdo la sonrisa de ella, alegre de poder darme algo que yo realmente quería tener.

Ya no estaba el libro con CD de Juan Ramón Jiménez... vi una leve nube de decepción en la cara de mi madre (conozco bien ese ligero rictus que se dibuja en la comisura de sus labios), seguramente para era fue una pequeña derrota, Pero me ofreció comprarme cualquier otro libro, del mismo precio, y aunque busqué con suma atención, nada me llamó lo suficiente, yo también estaba decepcionado, y sabía lo que implicada un gasto de esa cantidad para la economía de la familia en aquel entoces, así que desistí, no sin antes agradecerle dulcemente a mi madre. Regresamos, ya sin la esperanza del viaj de ida, pero con una alegría distinta.






Esa mañana de diciembre que tomé el disco de Arreola, tomé las pocas fotos que acompañan estas letras, porque pensé que podría hacer un breve post con ello. Pero al empezar a escribir, una cantidad de recuerdos empezaron a llegar. Detengo estas palabras, pero todavía hay un montón de cosas que veo y me llaman...

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